LA BATALLA DEL VELO
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Por Cristina Martínez

Treinta asociaciones feministas han denunciado a la antigua ministra de igualdad y hoy eurodiputada, Irene Montero, y al Instituto de la Mujer por haber defendido durante su mandato el respeto al uso del hiyab en las aulas. Comprendo la preocupación de la señora Montero respecto a las niñas, a quienes se intenta integrar y proteger por encima de otros argumentos, ahora bien, existen leyes en nuestro país que obligan a esos padres a enviar a sus hijas a las aulas.
Comprendo por otra parte a las feministas que han denunciado y no creo que lo hayan hecho por islamofobia o radicalismo sino porque consideran el velo sinónimo de control del patriarcado.
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Nací en Marruecos y allá viví hasta los catorce años y las mujeres musulmanas de entonces, años sesenta y setenta, empezaban a liberarse del velo, se bañaban en la playa con bañadores muy púdicos, e iniciaban estudios o se formaban en profesiones con las que poder ganarse la vida.
Cuando he vuelto recientemente, ninguna mujer osaba mostrar su cabeza o su cuerpo y casi ninguna osaba tampoco estudiar o prepararse en profesiones que pudieran liberarlas algún día del paraguas protector del varón.
La disyuntiva velo si, velo no, sería democrática, si le diéramos la palabra a las mujeres que lo portan. Claro, eso sería lo ideal, si esas mujeres fueran libres de decidir.
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Yo creo que no lo son, porque las mujeres que se atreven a quitarse el velo son consideradas por su comunidad poco menos que libertinas. Desde muy pequeñas, las niñas son adoctrinadas para ser sumisas y ocultar su cuerpo y su pelo a los varones. Y no solo la comunidad las obliga, su familia también.
He visto cómo un grupo de muchachos atacaba a una mujer en una calle céntrica europea por no usar el velo. He visto cómo apaleaban a otra y, una vez en el suelo, la pateaban, y he sentido la censura yo misma en mi piel por pasearme por la calle sin velo y con los brazos al aire en una población europea donde los musulmanes constituían ya mayoría.
Las mujeres musulmanas llevan el hiyab porque su comunidad considera que el cuerpo femenino incita al hombre al pecado, ellos en cambio, pueden ir como les da la gana.
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A algunas musulmanas a quienes he preguntado me han dicho que llevan el hiyab para no ser molestadas…
En esas circunstancias, no son libres…
El problema es delicado y difícil de resolver. Ahora bien, tengamos en cuenta que el Islam considera a la mujer una ciudadana de segunda, una eterna niña a quien jamás le consentirá un estatuto de igualdad con los hombres, mientras que las mujeres en occidente llevamos toda la vida luchando precisamente por obtener la igualdad…

Yo he sido emigrante y me he tenido que adaptar a la cultura del país donde emigré. El Islam, sin embargo, allá donde la sociedad se lo permite, impone sus propias normas: en las escuelas infantiles de Barcelona ya no se sirve carne de cerdo. En Quebec ya comemos por obligación carne halal porque no hay otra en muchos supermercados. En Montreal realizaron una masiva plegaria en la misma esplanada de la catedral y, sin embargo, exigieron que en los colegios no hubiera adornos de navidad…
¿Cómo nos sentiríamos si nuestras hijas y nietas en el futuro fueran obligadas a llevar el hiyab? Aparte de que nunca podrían emular a sus propias madres con una carrera profesional o política, puesto que estarían sometidas a la voluntad de su marido, padre o hermano.
Cristina Martínez Martín es escritora, profesora jubilada, empresaria y feminista.
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