MUJERES Y TRABAJADORAS:

SIGLOS A CUESTAS CON LA DOBLE REIVINDICACIÓN
“Derechos, no trincheras. Salarios, vivienda y democracia”, es el lema que este año los sindicatos sacan a la calle exigiendo subidas salariales reales, acceso a la vivienda, defensa de derechos sociales y de los servicios públicos y respeto a la legislación internacional frente a la guerra. La marcha central se ha celebrado en Málaga, coincidiendo con el primer día de la campaña electoral en Andalucía, lo que ha añadido un componente político a la convocatoria.
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Cada 1º de Mayo, el mundo conmemora el Día Internacional del Trabajo. Marchas, pancartas y discursos que recuerdan conquistas laborales históricas y plantean exigencias actuales. Sin embargo, durante décadas, el relato dominante ha dejado en segundo plano a quienes han sostenido gran parte de esas luchas: las mujeres. La brecha salarial, la precariedad, la dificultad para conciliar vida laboral y personal o la falta de reconocimiento del trabajo de cuidados forman parte de las exigencias actuales que pesan en las mochilas de las mujeres trabajadoras pues no hay justicia laboral sin igualdad de género.

Desde los orígenes del movimiento obrero en el siglo XIX, las trabajadoras han estado presentes en fábricas, talleres y cómo no, en hogares, soportando condiciones especialmente duras, incluso más que las de los hombres, con jornadas interminables, salarios más bajos que los de sus compañeros varones y una casi total ausencia de derechos. Una injusta, compleja y complicada realidad que ha marcado año tras año, década tras década y siglo tras siglo los orígenes y evolución de las relaciones de las mujeres con el mundo laboral. Ellas han estado presentes, de una forma activa, presencial u oculta en los primeros de mayo de cada momento histórico, siempre acompañando, apoyando huelgas y protestas, defendiendo a los hombres que luchaban por sus propios derechos aunque relegaran los femeninos, sin ocupar, -o muy rara vez- espacios de liderazgo o reconocimiento.

Por eso, para las mujeres, el Primero de Mayo nunca ha sido una reivindicación única, sino doble y si me apuran, triple. Por un lado, como trabajadoras que luchan por sus propios derechos básicos como la reducción de la jornada laboral, salarios dignos, mejores condiciones, conciliación, seguridad… Por otro, como mujeres que soportan la opresión añadida de un sistema estructural que las relegaba y relega a los empleos peor pagados, invisibiliza su trabajo, limita su acceso a organizaciones o puestos de decisión, les impide conciliar y encima las culpabiliza socialmente si no cumplen con sus funciones de cuidadoras, madres y esposas.

Esta doble e interminable lucha se ha visto obligada a buscar canales reivindicativos más allá de los propiciados, controlados y organizados por los hombres trabajadores porque la justicia social no se alcanza sin igualdad. Reivindicaciones como “igual salario por igual trabajo”, se quedan cortas para las mujeres si no van acompañadas de otros reconocimientos a sus derechos laborales propios, entre ellos el de la maternidad con todo lo que conlleva, la paridad, acabar con las violencias machistas siempre en el origen de los acosos laborales, las múltiples discriminaciones de género, las trabas en el acceso a los puestos de poder y, por supuesto, mayores cotas de autonomía, libertad y seguridad en sus propias vidas.

A lo largo del siglo XX el sindicalismo tradicional ha empezado a entender esta reclamaciones planteadas por las mujeres, entre otras razones porque ellas han conseguido incorporarse a sus órganos de decisión y representan una masa laboral nada desdeñable en sectores tan feminizados como el textil, la sanidad, la educación, los cuidados o el trabajo doméstico. Aunque no se les dejara el atril en los grandes mítines, las mujeres han protagonizado con los trabajadores masculinos algunas movilizaciones muy significativas y, por sí mismas han logrado, como sucedió el 8 de Marzo de 2018, la mayor movilización internacional del siglo XXI, con huelgas pacíficas y generalizadas en los principales países, algo que desde hace mucho tiempo no veían las centrales sindicales tradicionales. «Si nosotras paramos, se para el mundo», fue el lema de esa movilización histórica en la que millones de mujeres secundaron paros laborales, de cuidados, estudiantiles y de consumo para denunciar la desigualdad, la brecha salarial y la violencia machista. Aún así, y a pesar de la importante aportación de la mujer al desarrollo económico y social en todo el mundo y a que la lucha feminista ha logrado las conquistas colectivas más cualificadas e igualitarias de este segundo milenio, la invisibilidad de las mujeres sigue patente y el relato oficial de la lucha obrera lleva muy pocas firmas femeninas.

Este 1ºde Mayo de 2026 sigue siendo una jornada en la que las demandas feministas cobran cada vez más fuerza. Si nos centramos en lo puramente laboral, en la España actual, la brecha salarial de género se sitúa en torno al 15%–20%. Datos recientes indican que las mujeres cobran de media un 15,74% menos que los hombres, lo que supone cerca de 4.800 euros menos al año. Otras estimaciones sitúan la diferencia incluso por encima, en torno al 18% o más. En términos simples: por cada euro que gana un hombre, una mujer sigue percibiendo notablemente menos.

Lejos de ser una anomalía puntual, esta brecha refleja la dificultad de las mujeres trabajadoras para ensanchar un armazón laboral que sigue concentrándolas en los sectores peor remunerados o en empleos a tiempo parcial, asumiendo además mayoritariamente el trabajo de cuidados y de las tareas domésticas. Todo ello impacta directamente sobre los salarios femeninos presentes y pensiones futuras, prolongando la desigualdad a lo largo de toda la vida.
Revisar el Primero de Mayo desde una mirada feminista es una necesidad urgente, porque la historia del trabajo también es la historia de las mujeres. Y porque mientras persistan desigualdades de género estructurales, violencias, acosos, diferencias salariales, jornadas dobles y techos de cristal la lucha de las mujeres seguirá siendo necesaria por sí misma e, inevitablemente, también compartida con la de los hombres.
Mujeres del Sur