Día de la madre
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CON FLORES A MARÍA
La única mujer que salvaba el machismo es a la madre, ni siquiera a la esposa a la que se podía maltratar porque para eso era “suya”.
por Paula Gómez Rosado

Acabo de salir a comprar la prensa y el pan, no hay mucha diferencia con lo que he hecho toda mi vida adulta los fines de semana a primera hora, tareas de cuidado asumidas que me permiten captar el ambiente del día y encontrarme con gente conocida. Al llegar a la zona comercial del barrio, he empezado a ver a hombres y alguna que otra mujer con ramos de flores, el regalo cómodo y tradicional para el Día de la Madre. He recordado la infancia cuando todo el mes de mayo se dedicaba en la escuela, de obligado ideario católico en mi época, a la Virgen María y llevábamos flores al colegio, ramos que también hablaban de clase social: las niñas de mejor situación, con casas de amplios jardines, llevaban rosas, celindas, azucenas, calas… las más humildes, un par de flores de geranios, margaritas del campo y algún clavel de las macetas que colgaban en las paredes.

La Virgen era el ejemplo de madre y mujer buena. Es decir, las mujeres se hacían respetables y dignas si cumplían bien su misión de parir y cuidar hijos para el marido y la patria, porque “las otras” eran malas y la religión nos ponía de ejemplo a Magdalena. Y ese modelo ha seguido en el ideario simbólico transmitido de generación en generación como uno de los pilares sobre los que se asienta el patriarcado.
Si acudimos a la literatura “culta”, tanto novela como teatro o poesía, muchas autoras y autores resaltan esas cualidades que se intentan naturalizar como si viniesen en el ADN de las mujeres. Empiezo con esta estrofa del poema “Caricia” de Gabriela Mistral:
«El estanque copia todo
lo que tú mirando estás;
pero tú en las niñas tienes
a tu hijo y nada más.«
¿Los hijos nos llenan la vida y no cabe nada más como centro de interés? Con todo lo que admiro a la premio nobel chilena, no puedo menos que disentir porque en una mujer sana y completa caben: su descendencia y ascendencia, sus amistades, su trabajo, sus aficiones y ella misma. No se le puede exigir servicio permanente 24 horas todos los días y hay que compartir responsabilidades, tanto personales (corresponsabilidad) como sociales con políticas de apoyo a las familias con menores a cargo y especial dedicación a las monoparentales, la mayoría con madres solas al frente.
Nuestra Rosalía de Castro nos dice de la madre en el poema “A mi madre”:
Porque es ángel de amor en el cielo
y es amor en la tierra una madre;
porque madre es perdón y consuelo,
dulce abrigo, seguro de paz.
La madre como ejemplo del amor generoso que consuela, perdona, protege y da paz. Otra etiqueta: las mujeres conciliadoras, están para calmar, dar seguridad y proteger a toda la familia. Psicólogas, siempre con el diván disponibles, no tienen derecho a sentir rabia y enfadarse, a decir a los demás que resuelvan sus propios problemas.
Dos autores que admiro, como ejemplo desde diferentes enfoques, personas distintas, destacan los mismo:
«Oh dulce profundidad de mis arterias
Oh sangre mía
Tan inútil tu ausencia
Flor-paloma dónde estás ahora
Con la energía de tus alas
Y la ternura de tu alma.«
(Vicente Huidobro)
«Ella repasa sus adentros
ochenta y siete años de grises
sigue pensando distraída
y algún acento de ternura
se le ha escapado como un hilo
que no se encuentra con su aguja«.
(Mario Benedetti)
Aquí los dos poetas que destacan la ternura de las madres, incluso cuando ya se hacen muy mayores y empiezan a perder la mirada. ¿Hablarán de sus padres como tiernos? ¿Aceptarán una madre/una mujer que no utilice la ternura y cuente a sus criaturas la realidad con toda la crudeza que encierra, sin paños calientes?¿Deja de ser amorosa una mujer por no usar el azúcar en sus relaciones personales?

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Cambiamos la mirada con la reconocida poeta estadounidense y premio nobel Louise Glück:
«Tal como yo lo veía,
a mi madre, toda su vida, mi padre
la lastró, como
plomo amarrado a sus tobillos.
Ella era activa por naturaleza;
quería viajar,
ir al teatro, ir a museos.
Lo que él quería era echarse en el sofá
con el Times
tapándole la cara,
para que la muerte, cuando llegara,
no supusiera un cambio significativo.»
Ella era activa, él estaba tirado en el sofá. Ella quería tener vida, él la lastró. La ató. Glück mira desde la rebeldía con el sistema y la sororidad con la madre. He aquí algo importante: el derecho de las mujeres a tener vida propia, que la relación no suponga atarse y el otro no descanse sobre ella. Importante: que hijas e hijos miren con empatía.
Para terminar, otra mirada que también pone el ojo en el lado menos vistoso porque contradice el romanticismo con el que se habla de la maternidad y no del sufrimiento o la carga. Este poema de Concha Méndez a la muerte de su hijo recién nacido. Me fijo en la primera estrofa:
«Se desprendió mi sangre para formar tu cuerpo.
Se repartió mi alma para formar tu alma.
Y fueron nueve lunas y fue toda una angustia
de días sin reposo y noches desveladas.«
Estos versos desmitifican el embarazo y pone la mirada en la ansiedad que crea la incertidumbre mientras se espera, las noches sin dormir, los malestares del cuerpo por sus cambios durante el embarazo… De esto también hay que hablar porque es una realidad que solo la vive quienes se embarazan y paren, todas mujeres.

Paso a la cultura popular ¿Qué dicen las canciones de hoy y siempre?. Empiezo con Pepe Pinto, marido de Pastora Pavón, «La Niña de lo Peines» (se conocieron porque ella lo contrató para uno de sus espectáculos, ya existían mujeres empresarias) cantaba esta copla en los años 30 y todavía se sigue escuchando en el mundillo flamenco:
«Toíto te lo consiento
menos faltarle a mi madre
que a una mare no se encuentra
y a ti te encontré en la calle.«
La única mujer que salvaba el machismo es a la madre, ni siquiera a la esposa a la que se podía maltratar porque para eso era “suya”. Y tampoco ha cambiado mucho el simbólico de los machistas que todavía “haberlos, haylos” y se hacen muy visibles.
He repasado más de veinte canciones de música actual que hablan de la madre. He elegido a Amaia Montero, por ser mujer cantante y compositora de amplio espectro, muy reconocida y sin aspecto de rancia o dependiente. La canción, dedicada a su madre, se titula “Te voy a decir una cosa” y entre otras cosas cuenta: Su madre es la más bonita y auténtica, cuando la abraza «no existe el dolor», si le habla ella «entra en razón», es «el pilar» de su vida, sin sus «manos» no puede «vivir», con su «calma» consigue «seguir…»
¿Hay algo de chantaje emocional en ese decir que no puede vivir sin las manos de su progenitora, que es su pilar? ¿Es signo de dependencia en una adulta todo lo que necesita de su madre? ¿Es exigirle que esté siempre disponible porque la necesita? Es más de lo mismo: Yo, yo, yo y ella para mí sin su “yo”.

Esta de María Carrasco, por ver qué dice el nuevo flamenco, enumera algunas “cositas buenas” que su madre hace por ella: «noches sin dormir, procura que sea una niña feliz, si la ve hundida le da un buen consejo, está orgullosa de su hija, quiere parecerse a ella.»
Habla de sacrificio, de mirar sin sentido crítico y de modelaje, esa trampa de la cultura que nos construye a “imagen y semejanza” de nuestras mayores y después nos llevamos toda la vida intentando deconstruirnos para modelarnos a gusto.
Otro ejemplo es la canción de Alex Ubago “Ella vive en mi” canta a su madre: «Ella vive en mí, alimenta los oídos de mi corazón, me pierdo en su sonrisa, me lleva al cielo de la mano, me quiere como soy, llena el mundo de alegría y fantasía, me acompaña en la aventura de la vida, cura con besos mis heridas, a donde siempre regreso».
La madre como el hada buena que llega al instante cuando la necesita, todo lo consigue sin hacer esfuerzo para hacer a su hijo feliz. ¿Habrá algo más irreal y fantasioso por muy bonito que parezca?

Y termino con una canción de Ismael Serrano, “La primera que despierta”, mucho más realista aunque enumere lo mismo que todas, un tópico detrás de otro, que sumados dan la dedicación plena:
«La primera que despierta y la última que apaga, siempre cansada y alerta, cuida a todos en casa. Hace la cama y suspira, ayuda a hacer los deberes, arropa al que duerme, tiende la ropa, besa en la frente, quizás nos salve su lección de ternura.»
Sí destaco que, al menos, le permite cansarse y suspirar. En la segunda parte, mucho más interesante, se pregunta:
«¿Y quién cuida a quien nos cuida? ¿Quién se acuerda de sus ganas?/ ¿Quién le peinará las canas /y vendará sus heridas?/¿Quién le devuelve el futuro/ las mañanas sin fatiga? ¿Quién le devuelve los días/sin prisas, sin ese nudo/de culpa por levantarse tarde/pensando en la nada?»
Para terminar: seguimos con un modelo simbólico de madre abnegada, sin horario ni vida propia, que todo lo sabe y todo lo hace, siempre con buen humor y conciliadora de toda la familia. Muchas mujeres han entendido que esa maternidad es una trampa, unas deciden no tener hijas/hijos, felicidades a ellas por tener opinión propia. Otras ven como uno de sus principios tener y cuidar hijas/hijos. Algunas de estas, empiezan a soltar lastre y exigen su espacio propio, el reparto de las tareas y responsabilidades de cuidado, el derecho al descanso físico y emocional, una maternidad más llevadera sin ser consideradas malas madres porque hay muchas formas de ejercer el papel. Lo importante es asumir que ser o no madre es una decisión personal, intransferible y respetable.
Paula Gómez Rosado es escritora y feminista.
Día de la madre en Mujeres del Sur:
https://https://mujeresdelsur.es/se-trata-de-consumir/
https://https://mujeresdelsur.es/d2-de-mayo-de-2021/
httpa://https://mujeresdelsur.es/a-pie-de-calle-6/
Paula Gómez Rosado en Mujeres del Sur:
https://https://mujeresdelsur.es/somos-mujeres-del-sur-9/ /