Mujeres del Sur

TERREMOTOS

CON EL ALMA EN VENEZUELA

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Por Paula Gómez Rosado

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Hace una semana, porque eran la una y veintitrés minutos de la madrugada del jueves 24 de junio cuando entró un mensaje de whats App en mi móvil, me extrañó la hora hasta que vi que era mi hermana Bárbara que no piensa en la diferencia horaria porque sabe que me acuesto tarde. Lo abrí tranquila, imaginé que había descubierto algo sobre Andalucía y pienso en mis hermanas y su anciano padre. Nunca vinieron a España, sin embargo, mi madre les transmitió el amor por su tierra y su familia. Hemos ido construyendo lazos desde la distancia y a menudo me planteo lo complejas y a la vez sencillas que son las relaciones humanas, como decía el gran biólogo y escritor chileno, Humberto Maturana, “los humanos somos animales amorosos” y el amor nos mueve, incluso aquellos que cometen grandes atrocidades, buscan la mirada y el reconocimiento ajeno. Por tanto, qué importante haber tenido una madre que nos ha inculcado el amor con amor, incluso con el océano de por medio.

Con esos pensamientos abro el mensaje, se me hiela el alma y respondo rápido: comienza a adelantarme todo lo que le va llegando del seísmos. Ella está en Los Teques con su padre, desde que se jubiló pasa mucho tiempo con él porque tras la muerte de nuestra madre se quedó solo. Su miedo angustioso es todavía producto de lo vivido: ver que todo se mueve, salir a la calle, oír noticias alarmantes y sentir frío, mucho frío…
No duermo esa noche, por la mañana le pongo un mensaje y varios más a lo largo de es día y los siguientes. Sigue el miedo primario fruto de unas emociones que colocan en una habitación pequeña sin ventanas a la realidad e impide ver más allá de lo que nos agita. Todo el interior se remueve tras cada réplica, ya pasan de las setecientas. Es la suma de nuestros miedos personales que nacen de nuestras vidas y creencias, unidos a los miedos colectivos fruto de la cultura de cada pueblo, y, en el presente, se alimentan de titulares alarmistas o bulos que difunden los medios de información y las redes sociales.

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Aquí, desde la impotencia, intento servirles de columna firme para que se apoyen con la incertidumbre constante de qué pasa, qué sienten, qué puedo hacer. Es difícil acompañar en estas circunstancias, por mucha empatía que alberguemos, cuesta imaginar todo el horror que están viviendo. Y no obstante, se intenta y algo les sirve.
Poco a poco, la realidad se abre y muestra las consecuencias concretas, empezando por las cifras oficiales: más de 2200 personas muertas, más de 11000 heridas, casi 6500 personas rescatadas de entre los escombros y un número indeterminado de desaparecidas. Al miedo se suma al dolor: conocida muerta, amiga de la que nada se sabe, gente querida que lo ha perdido todo y la sensación de estar haciendo poco por ayudar a quienes el golpe les dio de lleno. El yo queda para el final ¿Cómo estará el apartamento de Caracas? ¿Qué tal la hermana, Ángela? Pero Ángela coge el coche y sin temer qué encontrará en la carretera, llega a Los Teques desde Maracay, se recibe un mensaje de quien nada se sabía, se observa un rescate…

Ahora comienza esa rabia que siempre llega cuando se comprende qué pasó y maldecimos a quien pillamos a mano para culpar. Se comienza por achacar todos los males a gobernantes de turno. Pienso que somos creyentes en los seres humanos e invocamos a papá Estado para que nos provea con su mano productiva en cuanto necesitamos, sin ser conscientes de que quienes gobiernan son humanos y diversos, con realidades complejas y no tienen soluciones para todo en cualquier momento, siempre hay costuras que estallan. También, hay que decirlo, hay dirigentes que están a la altura y dirigentes que pasan de largo e incluso quienes tienen una actitud reprochable.
En el caso de Venezuela, vienen de un país muy empobrecido y debilitado por las acciones de los gobiernos y por el boicot de Estados Unidos, lo cual agrava las consecuencias. Tiempo habrá de juzgar el papel que ha jugado el gobierno venezolano, en un primer momento se le puede reprochar la falta de operatividad o la tardanza en actuar y en no publicar la información completa. Nada nuevo bajo el sol de todo el planeta con gobiernos perdidos en la burocracia y torpes de movimiento que temen se descubra la dimensión real del problema o sus propias carencias y trata a la ciudadanía como a un grupo de escolares que se encierra en su aula y se le cuenta un cuento para que se distraiga y no vea porque se traumatizan.

Por otro lado, los terremotos se han cebado en zonas con gran porcentaje de vivienda en altura y mala calidad en la construcción, fruto de la falta de revisiones legales por parte de las administraciones y de construir en suelos poco estables. Algo de lo que aquí ya conocemos algunos casos. Me pregunto

¿Qué ambición lleva a la gente con poder a enriquecerse a costa de la seguridad y el bienestar de las otras personas?

Nuevas críticas más que fundadas al gobierno por permitirlo y no inspeccionar las obras como dice la ley. Pero aceptemos que la Tierra es poderosa y tiene sus propias reglas a las que no podemos enfrentarnos con la seguridad de que la dominamos porque no siempre tenemos soluciones para las catástrofes, no dejamos de ser una especie como el resto, dependientes de lo que la Naturaleza disponga y aunque hayamos logrado grandes avances científicos que nos han mejorado mucho la vida, no somos infalibles.

Pasan los días y empiezan las consecuencias indirectas: se dispara la inflación, ya era en Venezuela la más alta del mundo y con este nuevo azote, se vuelve a multiplicar. A eso se suma el asalto a supermercados para abastecerse de víveres por previsión ante lo que está por venir y los saqueos propios de estas situaciones que siempre hay quien aprovecha. Empieza el doble problema: ¿De dónde saco dólares para ir al supermercado? (Porque el bolívar hace mucho que dejó de tener valor) y por otra ¿Encontraré lo que necesito (alimentos, medicinas…)? La incertidumbre tambalea. La mirada se extiende y une el pasado, que en ese momento se recuerda idílico, y un futuro aceptable. Vuelven las preguntas:

¿Cuándo y cómo se podrá volver a pasear por las zonas asoladas?

¿Logrará la gente que se ha quedado en la calle encontrar un espacio que la acoja?

¿Conseguirán quienes lo han perdido todo recuperar sus viviendas y sus vidas?

¿Cuándo podremos coger un avión?

¿Cuándo podremos ver a quienes están fuera?

La desesperanza cunde y cada cual se agarra a sus soluciones mágicas, sea el dios al que le reza, el azar o la solidaridad.
¡La solidaridad responde! Llegan equipos rescatistas de distintas procedencias (Argentina, El Salvador, México, Colombia, Ecuador, Chile, República Dominicana, Estado Unidos, España, Países Bajos, Italia, Suiza y así hasta 30). De España van alrededor de 60 militares de la UME y grupos de bomberos a salvar el máximo de vidas de quienes están debajo de los cascotes. Cuanto más tiempo pasa, más difícil será sacar a las víctimas y resulta triste incluso para quienes lo observamos desde aquí. Vivimos la angustia de sus familiares y la alegría con cada ser devuelto a la vida, sea un anciano, un bebé o incluso una mascota. Mi reflexión de pacifista: La UME, un ejército que de verdad construye la paz porque no mata ni arrasa, al contrario, salva, protege y cuida. Ese debería ser el verdadero objetivo, su tarea es dura y exponen su integridad y su vida, pero cumplen la reivindicación feminista “la vida y los cuidados en el centro”.

Efectivos de la UME en tareas de rescate en Venezuela

A la vez, multitud de organizaciones en nuestro país comienzan a actuar, se abren cuentas y se recogen lo que desde Venezuela demandan: alimentos no perecederos, medicamentos y demás materiales de sanidad y enfermería y herramientas para el desescombro (palas, guantes de trabajo, cascos…) La gente responde y la solidaridad funciona, las personas voluntarias se implican sin descanso, la población confía y aporta según sus posibilidades. Nadie espera recompensa a cambio, ni siquiera agradecimiento, solo el placer de ayudar porque las personas somos como los árboles, que por debajo estamos unidos por las raíces y formamos un gran bosque en el que con el frío, nos calentamos uniendo nuestras copas. Por eso confío en que con el tiempo, todo vuelva a la normalidad en ese maravilloso país al que quiero desde la distancia.

Paula Gómez Rosado es escritora, profesora jubilada y feminista. Sevillana, ha vivido muchos años en Peñaflor (Sevilla)

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