«DE JUZGADO DE GUARDIA«

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Por Amparo Díaz Ramos

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Es el 31 de julio y yo, ilusa de mi, camino en Sevilla con una víctima de violencia sexual durante la infancia, y su primo, hacia el juzgado de guardia. Aunque ya no es una niña sino una joven decidida, dentro de ella hay un dolor cortante, un dolor que no para de desgarrarla. Un dolor que asoma.
La denuncia está ya redactada y se trata de llevarla al juzgado y de entregarla. No puedo ser su abogada en el procedimiento porque mi hijo es un testigo. Por eso va a pedir que se le designe defensa de oficio, pero estoy intentando ahorrarle todo el dolor posible.
-Si te ves con fuerzas- le había dicho yo días antes- podemos ir juntas al juzgado a entregarla, si no, puedo ir yo sola.
-Sería tu primer contacto con los juzgados, y puede venirte bien- le dije-aunque mejor que vayas también acompañada de alguien cercano a ti, que te recoja en tu casa, te acompañe de vuelta y se quede un rato contigo.
Ella me dijo que sí, y habló con su primo, que aseguró que estaría con ella todo el tiempo que necesitara.
Parecía que todo estaba bien organizado y que era una actividad segura, pero no.

Cuando llegamos al portal del Juzgado de Guardia, tras el más que oscuro tenebroso zaguán, la puerta de acceso estaba cerrada. Llamé y al decirle al Guardia Civil que me abrió que veníamos a presentar una denuncia, me señaló una mesa pequeña y una silla mirando a la pared. Era como estar en una película sobre la postguerra en blanco y negro, con hambre y maestros aleccionados para pegar. Solo faltaba una larga regla volando por el aire.
Tragué saliva y le dije:
-La denuncia ya está redactada, solo venimos a entregarla y a que nos la selle el juzgado, podemos pasar?
-Esperen aquí- es lo único que dice el Guardia Civil.
La joven decidida a hacer justicia, que aspira a que a través del procedimiento judicial se limen las aristas que la desgarran por dentro y pueda rehacer su vida, el primo decidido a acompañarla, y yo, nos quedamos en ese espacio agobiante, de atmósfera cerrada y polvorienta. ¿Cómo podía quitarle hierro a la situación? No podía.

Pasan unos 15 largos minutos y por fin sale de detrás de la puerta un hombre pequeño, lento y delgado, de aspecto cansado o dormido, casi invisible.
-Para poner una denuncia siéntese ahí y escriba el papel que hay encima de la mesa -nos dice- a la vez que coge el papel y nos lo enseña.
Una mísera hoja que da pie a poner los datos personales y luego a escribir lo que se denuncia, de una forma muy escueta. Acogimiento cero. Asesoramiento cero. Escucha cero.
Le enseño la denuncia redactada de quince folios y le digo intentando pronunciar perfectamente cada palabra:
-De momento solo necesitamos presentarla y que se nos de una copia sellada.
-¡Ah! -me dice y se queda inmóvil.
Yo temo que haya entrado en fase de invernación.
Afortunadamente parpadea, coge la denuncia y se mete para dentro.

La joven, el primo y yo, nos quedamos en la penumbra esperando. A veces nos asomamos fuera, donde hay luz, pero volvemos pronto dentro, impacientes. Lo que iba a ser un trámite muy sencillo se nos está haciendo muy absurdo.
Pasan aproximadamente veinte minutos, y llamo otra vez a la puerta.
-¿Qué quiere? -Me dice el Guardia Civil
-Hablar con el oficial – le contesto.
Me cierra la puerta y pocos minutos después sale el mismo hombre. Me parece más delgado, más pequeño, como yo.
-¿Falta mucho? -Le pregunto- No es bueno para la víctima estar aquí esperando.
-Si hubiera sido otro juzgado habría sido el momento de poner el sello, pero es que esta juez se lo lee todo.
-Es de agradecer que esta jueza se lo lea todo-le digo- especialmente porque además de denunciar se piden medidas de protección y defensa de oficio, pero…¿puede decirle a la jueza que la víctima está fuera de pie esperando y que está nerviosa?
El hombrecillo desaparece.
Entonces entra un hombre con un aspecto espectacular, realmente muy bello por su físico y su forma de moverse. Por un momento salimos de la película sobre la postguerra y entramos en el taller de Miguel Ángel.
El hombre nos mira, nos sonríe. Intenta abrir la puerta y como una bala el Guardia Civil, ancho y rotundo, sale desde detrás para impedírselo.

-Siéntese ahí -le dice señalando la pequeña silla ante la pequeña mesa, mirando a la pared- y escriba su denuncia en ese papel.
El hombre hace un sonido que a los demás nos resulta extraño y a la vez se señala los oídos. Es una persona sorda.
El Guardia Civil le repite lo mismo solo que más lento y más alto. Realmente lo está intentando.
Yo le digo:
-Se necesita alguien que interprete la lengua de signos.
-Espere aquí -le dice.

Nos quedamos los cuatro en la misma oscuridad, el hombre escultural sonreía, buscando, creo yo, que no nos sintiéramos mal por no saber comunicarnos con él. A mí me comían los demonios por dentro. ¿Dónde estaba el servicio que debía dar la administración de justicia? Una mesa y una silla mirando a la pared, ese era todo el servicio a la hora de presentar una denuncia. Esa es toda la adaptación a las necesidades de las víctimas.
El mismo hombre pequeño, delgado, cansado y lento, salió por la puerta.
Miró al hombre grande y directamente fue hacia la pequeña mesa, cogió el papel y moviéndolo empezó a decirle:
-Escriba la denuncia aquí.
Cogió el bolígrafo e hizo el simulacro de escribir. Luego le dio el papel al hombre. Éste lo miró e intentó decir algo, pero no se le entendía nada.
-Es necesario llamar a una persona intérprete de lengua de signos -le digo.
-Nosotros tenemos intérprete solamente para los juicios pero no para poner denuncias -me contesta en plan ¿qué más quieres?
Los demonios de mi interior dan un brinco.
-¿Y entonces cómo pueden llegar a denunciar? -pregunto
El hombre del juzgado no dice nada.
-¿Pueden avisar al menos al Servicio de Atención a las Víctimas para que vengan a ayudarle? – Le digo.
-¿Qué es ese servicio? -Me dice.

-El SAVA -le contesto perpleja, mientras parte de mis demonios sufren una parada cardiaca y otros se encargan de reanimarlos.
-No lo conozco -me contesta- es que llevo poco tiempo en este juzgado.
Por dentro de mi cabeza pasan datos sobre la Ley 35/1995, de ayudas y asistencia a víctimas de delitos violentos y contra la libertad sexual, que creó las oficinas de atención a las víctimas, que al menos desde 1998 opera en Sevilla. Simplemente le digo:
-El SAVA tiene una oficina justo aquí en frente, en la parte de atrás del edificio de la Audiencia, si no pueden llamar, puedo acompañarlo yo.
El hombrecillo se diluye en la oscuridad y desaparece.
Yo miro a la joven decidida a denunciar que me dice:
-Vete, vete con él, nosotros nos quedamos aquí esperando.
Con torpes gestos me ofrezco a llevar al hombre grande y éste, tal vez porque no ve otra posibilidad, viene conmigo.
Son pocos pasos, pero una vez se abre la puerta del SAVA estás en otro mundo: hay luz, hay cordialidad, hay deseos de atender. Lo que no hay en ese momento es ninguna víctima. Es una pena que esté tan escondido, pienso.

Les cuento lo que pasa. Me dicen que no saben cómo se puede pedir un intérprete para poner la denuncia, que van a intentar descubrirlo. Yo me acuerdo de que tengo una amiga que preside una federación de asociaciones de personas con discapacidad física y orgánica (Andalucía Inclusiva), y aunque no atienden a personas sordas, la llamo. Me dice que lo ideal sería que pudiéramos enterarnos de cual es la asociación que le da apoyo, pero que si no podemos, que llamemos a la Federación Andaluza de Personas Sordas o a la Once, que allí podrán enviar interprete o facilitador.
¡Cómo no se me ha ocurrido a mí!, pienso, pero no tengo tiempo para lamentaciones. Comparto la información con las profesionales del SAVA, que se quedan con el hombre grande, y van a hacer las gestiones. Me despido de él y salgo a la calle.
Cuando voy a entrar de nuevo en el zulo del zaguán del Juzgado de Guardia, veo que la joven y su primo están fuera esperándome.
-Voy a pedir la copia de la denuncia de nuevo -les digo.
-Ya la tengo -me dice ella, y me da un abrazo.
Amparo Diaz Ramos es abogada feminista, especialista en violencia de género.
Amparo Díaz Ramos en Mujeres del Sur:
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