
EL MUNDO VEGETAL MERECE MEJOR TRATO
Por Paula Gómez Rosado

En estos últimos días, la empresa encargada del mantenimiento de parques y jardines del municipio en el que resido ha intentado podar los árboles de una calle y ha desistido ante la protesta de la ciudadanía. Las vecinas y vecinos han llamado al ayuntamiento y expresado su inconformidad, incluso, con una concentración que se desconvocó cuando cesaron las tareas de poda casi al comenzar.
En Sevilla, hace un par de semanas, talaron definitivamente el ficus de San Jacinto y dejan solo el tocón de la vergüenza. Los expertos pensaban que aún era posible recuperarlo. Primero, intentaron talarlo, pero como siempre, fue la movilización ciudadana por conciencia o por apego, la que consiguió parar, aunque el árbol quedó tocado, pero era salvable. ¿Hubo intención de sanarlo? Parece ser que querían una excusa para contentar al señor párroco de San Jacinto y finalmente al calor y la escasa población de agosto, lo han rematado.

Los incendios, la mayoría fruto de mano humana, por interés o por descuido, recorren nuestra geografía a velocidad de vértigo este verano. El país arde y las hectáreas quemadas suben de forma alarmante en la UE (988.524 ha en 2017, el año de mayor registro; mientras el pasado 2024 fueron unas 750.000 ha, en lo que va de año llevamos quemadas 1.119.111 ha). España contribuye en esta ocasión especialmente a ese dato alarmante. (1)
Nada nuevo bajo el sol de estío y, mejor decir, nada nuevo bajo el cielo en todas las estaciones porque en los tres casos expuestos hay un pensamiento arraigado: “el hombre como rey de la creación tiene poder sobre cuanto hay en la tierra” (debajo y encima, que ya estamos empezando a llenar de basura por ahí arriba con restos de satélites y naves).
Todo fruto de esa mentalidad patriarcal-capitalista que primero cosifica, y una vez convierte en objeto contable todo lo que existe, incluyendo vidas humanas, traduce a economía de mercado y ya utiliza a su antojo hasta llegar a permitir/justificar el uso de la violencia en pro de los objetivos marcados, aunque en importantes campañas de “marketing” lo vendan como una necesidad, una mejora o un avance para la humanidad y, en casos inevitables, el peor de los eufemismo “daños colatrales”.

Por eso, si quieres saber cómo es una persona, piensa que así como trata a un árbol, tratará a los animales y a las personas, especialmente «los otros y las otras», a quienes no considera sus iguales. Para ello se usa la manipulación y el maltrato según los intereses, sin sentimiento de culpa ni mínimo de empatía y esa actitud se lleva a todos los ámbitos, desde la familia hasta la alta política, desde la plantita que se pisa al árbol que se le arranca una rama o al bosque que se incendia.
Seguimos con los árboles y demás vegetales porque son necesarios y útiles siempre, pero necesitan un trato respetuoso con sus características y necesidades, por tanto, quien no las tiene en cuenta, está maltratando a ese ser vivo que sufre las consecuencias de un trato inadecuado.
Por otro lado, en una estructura como la vida en la Tierra, todo está interconectado, el maltrato a la vegetación, incluso en un continente lejano, tiene consecuencias directas para el resto de seres vivos incluyendo la especie humana en nuestra tierra. Porque recordemos que los vegetales producen oxígeno y afianzan el suelo, los árboles nos dan sombra además de alimentos. Hay otros múltiples beneficios entre ellos que enriquecen el paisaje, bajan la temperatura de un lugar en verano y alegran las calles. Por tanto, quien agrede a los árboles nos daña y merece nuestra protesta más enérgica.

Los Ayuntamientos, responsables de las zonas verdes urbanas, y las Comunidades Autónomas, responsables de la prevención y cuidado de bosques y demás zonas rurales, han dejado, en buena parte la prevención/extinción de incendios y el cuidado/gestión en manos privadas, empresas cuyo objetivo principal siempre es la rentabilidad económica. Esto lleva a dos consecuencias nefastas: ahorro de medios y personal con contratos precarios y preparación insuficiente.
Resultados: ciudades con calles sin arboleda o podada a destiempo por las que no se puede transitar en horas de sol, ramas de árboles enfermos que caen y producen accidentes, campos que ante fuertes tormentas pierden el manto fértil, fuegos que se llevan por delante hectáreas de bosques y cultivos, incluso vidas.
Al final, todas estas situaciones expuestas suponen mayor gasto que hacerlo bien desde el principio. Pero claro, ante las catástrofes, son los bolsillos de todos y todas los que aportan y no los responsables.
Por todo esto, como ciudadana, mujer, feminista y, por tanto, amante de la tierra y defensora de los cuidados como centro de la vida personal y colectiva veo necesario:
1- Unas políticas verdes que respondan a todas las necesidades de los diferentes espacios vegetales, desde los árboles de vías urbanas hasta los parques nacionales. Unas políticas que tengan en cuenta las consecuencias del cambio climático y lleven a preservar la biodiversidad tanto de especies vegetales como animales.
2- Una educación basada en el respeto y el cuidado a las personas, demás especies animales y vegetales. Que ponga en valor la riqueza del paisaje y las especies que lo pueblan, además de la importancia de las acciones colectivas en los cuidados del entorno.
3- Unas personas expertas como responsables en todos los espacios (urbanos y rurales) donde se tomen decisiones sobre el mundo vegetal. No vale sólo la buena/menos buena intención política, sino la realidad de cada lugar/situación y diseñar la intervención más apropiada para cuidar/mantener/enriquecer, además de contar con los medios adecuados para intervenir en el día a día y en caso de catástrofe de cualquier tipo que afecte a nuestros parques, jardines, arboleda urbana o zonas rurales.
4- Una estructura que conecte las distintas administraciones con foros regulados de intercambio de propuestas y medios en la que no se dependa de una sola autoridad política, sino que las intervenciones sean las más adecuadas con la participación de todos los estamentos y medios coordinados.

En resumen: con independencia de que las leyes y medios actuales se consideren suficientes, es necesario que cambie la mirada con la que se administra nuestra riqueza vegetal porque necesitamos unas calles arboladas en verano que den sombra y bajen unos grados la temperatura de las ciudades; unos parques y jardines urbanos bien cuidados para uso y disfrute de la ciudadanía; unos bosques, unos campos y un paisaje verde y sano. Para ello, repito, se necesita, otra forma de hacer política menos economicista y unas actitudes menos personalistas sin egos sobredimensionados, unas políticas en las que se ponga los intereses de la ciudadanía por encima de todo y los cuidados de las personas, animales y el medio se conviertan en el centro de la vida pública, es la base para una buena vida presente y futura.
Paula Gómez Rosado es escritora y feminista.
(1) El País, sábado 23 de agosto de 2025. Manuel Planelles y Andrés Ortiz “El fuego en España dispara la superficie quemada en la UE al millón de hectáreas”