
«ELLAS EN LA CIUDAD»
Por Paula Gómez Rosado

Ayer, por fin, pude ver el documental “Ellas en la ciudad” que cuenta la vida en los barrios obreros de Sevilla, podía ser en cualquier otra ciudad, en los 70 por boca de sus protagonistas, mujeres que lograron cambiarlos con su activismo sencillo de ver necesidades y buscar soluciones. Es verdad que ya se ha dicho mucho sobre este primer trabajo cinematográfico de Reyes Gallego desde que se estrenara allá por mayo y pasar por los festivales de cine de Sevilla y Málaga, lo cual indica la necesidad que había de hacer ese reconocimiento público.

Pero a mí me interpela directamente porque yo también he vivido esa experiencia en otro barrio doblemente periférico, Montequinto, y he sufrido las mismas carencias: falta de colegios, de línea telefónica, de trasporte público para Sevilla y Dos Hermanas, de comercios donde comprar lo elemental, no hablemos ya de actividades de ocio sano y gratuito… y la toma de conciencia que lleva a cortar la carretera, a manifestarse o a presentarse en todos los organismos e instituciones que pudiesen solucionar problemas para reivindicar con dignidad derechos de ciudadanía.
Pero quiero centrarme en las conclusiones que saqué:
1º Las mujeres percibían antes y mejor que nadie las carencias de un espacio (ciudad/barrio/calle o vivienda) porque eran, y son en gran parte, las que los vivían en su trabajo diario de sostenedoras de la familia (ir a la compra y demás tareas de cuidado, llevar a menores al colegio, asistir a una consulta médica, hacer una gestión…) y esas tareas que deben resultar ágiles, rápidas y cómodas hasta volverse algo rutinario a lo que no se presta demasiada atención, se convertía en acción de titanes por las condiciones de aquellos barrios que se levantaron para gente obrera en las periferias de todas las ciudades y enriquecieron a determinadas empresas, pero faltaban hasta los mínimos servicios para solucionar el día a día.
2º Toma de conciencia de esas carencias y necesidad de unirse. No tenían referentes, ni sabían cómo organizarse oficialmente, pero sí sabían relacionarse, confiar en las otras, hablar de sus sentires y sus ideas. Es decir, tenían toda una cultura de complicidades para solucionar los problemas domésticos que le surgían y habían aprendido de generación en generación el valor de la amistad, a pesar de que hay mucha literatura patriarcal que pone la mirada en la “competición/envidia” entre mujeres cuando hay un hombre en disputa, pero lo habitual ha sido compartir recetas, darse apoyo, escuchar confidencias y tejer siempre una red protectora entre mujeres cercanas.

3º Comenzar a movilizarse les hace ver sus carencias y piden formación a la vez que actúan y logran objetivos. Los centros de personas adultas, los cursos para asociaciones de mujeres… les dan nuevas herramientas y junto a los éxitos en las reivindicaciones, las empoderan y comienzan a dar valor a su palabra, a entrar en organizaciones mixtas con el recelo inicial de los hombres, dejan de ser las esposas sumisas y buscan una relación más igualitaria con sus parejas…
4º Cuando las mujeres cambian su mirada y se empoderan, logran implicar en esos cambios a su pareja, a sus hijas e hijos y a todo el entorno, dando lugar a barrios más participativos e democráticos con familias más igualitarias y personas más libres.

Por último, para resumir, es interesante poner en valor la trayectoria de estas mujeres por dos motivos importantes:
1º Fueron las grandes protagonistas olvidadas de una España en pleno proceso de transformación desde la dictadura y sus miserias sociales, culturales y económicas a aquel país donde la libertad dio lugar a un proceso de cambio total para hacer de España un país moderno, superar definitivamente la economía de subsistencia y lograr entrar en la sociedad del bienestar con el acceso obligatorio a la educación incluso hacer asequible la universidad a hijas e hijos de familias obreras, propiciar una cultura más democrática que dio lugar a grupos de teatro, de música, tertulias hasta en barrios o pueblos pequeños, la normalización del acceso de las mujeres al empleo y a la formación; cambios que dieron lugar a futuras leyes que incidían en la igualdad. Ellas fueron las grandes protagonistas en muchos de esos cambios y siguen a día de hoy haciendo comunidad (mayoría en escuelas de personas adultas, clubes de lectura, asociaciones culturales y otras actividades) y faltaba un trabajo serio sobre su papel dentro de todo lo ya elaborado en memoria histórica. Esperemos que sea solo el comienzo, incluso el documental da para una serie larga.
2º Siempre se ha hablado de las mujeres desde voces ajenas. Aquí, ellas toman la palabra y demuestran que saben y pueden porque tienen su propio relato y mucho que decir, que su mirada a la cotidianidad es amplia y profunda y saben: qué necesitan, qué quieren, cómo conseguirlo y cómo a por ello. Admirable que sigan en la brecha a pesar de los años con ese poderío y cada cual con su forma de hablar dice verdades como templos:
Ellas son las que han tirado del carro ¡Cuánto contiene esta frase tan corta y manida! Del carro de la compra y todo su peso, no solo la carga de los “mandados”, sino la administración de la economía familiar donde los sueldos era más cortos que largos, ver las necesidades, hacer lista de compras, organizar el menú, aprovechar todo lo que pudiera ser útil…
Los maridos cambiaban por la cuenta que les traía ¡qué claro tenían los principios del feminismo sin haber leído a Simone de Beauvoir! Como reivindicaron su espacio propio sin leer a Virginia Woolf.
Ellas no pudieron estudiar, pero sus hijas y sus hijos fueron a la universidad porque entendieron la importancia de la formación para enriquecerse como persona y para prosperar económicamente cada cual y como país.
Para terminar, Gracias a quienes han hecho posible el documental, especialmente a su directora y a las protagonistas por vivirlo y contarlo.
Paula Gómez Rosado es escritora y feminista.
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