Mujeres del Sur

ARTICUENTO

CARTA A LOS REYES MAGOS DEL JUZGADO

Por Amparo Díaz Ramos

Me encanta siempre la Navidad porque, capitalismo aparte, me parecen unos días en los que desafiamos con amabilidad y confianza a la maldad, gracias a la mirada de la infancia. Y eso me provoca una sensación térmica de magia. Precisamente estaba yo pensando en la Navidad cuando una clienta, Carmen, que luchó por recuperarse de los efectos del maltrato, ha llegado triste y confusa a mi despacho, sin cita pero con una solemnidad que parecía que estaba ante el Tribunal Supremo. Se sentó, abrió su mochila y sacó un sobre con muchos colores, y sobre todo rosa chicle.

-Esto es de mi hija -me dijo- me ha hecho prometer que te lo entregaría para que se lo des al juez, sin leerlo antes. Yo tampoco lo he leído.

Mirando al sobre veo que hay dibujos de los Reyes Magos, y también, en una esquina, de Santa Claus. En el remite, escrito con una caligrafía de trazos redondos en la que se siente el esfuerzo por no salirse de la línea invisible, ponía: “PARA EL JUEZ O LA JUEZA DE PARTE DE LUCÍA PERO QUE NO LO LEA NADIE MÁS” ¿No es para comérsela?, me pregunto, al ver su atención en dejar claro que lo mismo no es un hombre sino una mujer la persona que manda en el juzgado.

 Se la vas a dar, ¿verdad? Porque yo ya no sé qué hacer para que no esté tan triste y nerviosa.

Me vengo arriba. ¿Cómo le dices que no a una niña de 7 años, a la que no conoces, pero que te ha elegido como su mensajera, o quizás hasta  su embajadora,  ante el poder judicial, o, más aún, ante la Justicia?

Por debajo de la niebla de la desidia y del colapso judicial se me cruzan por la cabeza, brillantes, los artículos de la Ley Orgánica de Protección Jurídica del Menor y de la Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y Adolescencia frente a la Violencia, que deberían facilitar que la carta llegara al Juez (en este caso no era una jueza, pero la niña sigue siendo para comérsela). Por la fuerza de la voluntad de esa niña me siento un poco como viajando dentro de un túnel que va desde los Reyes Magos al Boletín Oficial del Estado.

Miro mis manos. La carta es ligera pero me pesa. ¿De verdad podré conseguir que se aplique la ley en toda su magnitud, con la esperanza con la que fue creada por quienes trabajaron en su redacción y por quienes la aprobaron? ¿O simplemente se remitirá el Juez a la exploración judicial de la menor, con resumen a las partes, y luego el día del juicio el mismo Juez u otro denegará precisamente la exploración judicial por tener solo 7 años? Me entran las típicas dudas de las mensajeras y de las embajadoras. Esta niña quiere hablar y a la vez no quiere que sus padres se enteren de lo que dice. Ya en sí mismo eso significa algo. ¿Cómo puedo hacer que se le preste atención? Puedo imaginarla escribiendo la carta como quien se agarra a una última esperanza, y a la vez puedo imaginarla llenando de detalles el sobre para agradar al Juez, para ser amable con él. Pero no es fácil valorar si lo correcto para protegerla es que los progenitores sepan lo que dice o si es necesario por el bien de la niña que no lo sepan ninguno, o que lo sepa solamente uno. Tendrá que decidirlo el Juez y en realidad los y las juristas, pienso mientras pongo los pies en la tierra, somos seres pequeños ante la magnitud de lo que se espera de nosotros, y no estamos suficientemente preparados para entrevistar a fondo y delicadamente a una niña o a un niño.

Guardo la carta en mi mochila y le prometo a Carmen que haré todo lo que pueda. De camino al juzgado, en el coche, porque es de un pueblo, iba replanteándome un poco mi identidad. ¿Quién era yo en esos momentos una paje de los Reyes Magos? ¿Una elfa de Santa Claus? Lo que tenía muy claro es que el papel tradicional de abogada me resultaba, como en tantas ocasiones, estrecho y rígido. Aunque soy republicana, me decanté por paje de los Reyes Magos porque en el dibujo del sobre, Santa Claus aparecía de forma más secundaria. En todo caso, tal vez las películas de Navidad que había visto me sirvieran por fin para algo más que para dormirme en el sofá con la confianza de que todo iba a terminar muy bien, que no es poco.

Aunque era el último día hábil, los Juzgados estaban ya casi por completo vacíos. Entré en la oficina judicial y con toda la dignidad que pude me presenté explicando a la funcionaria que era la abogada de tal asunto, que traía una carta de la hija de mi cliente, de 7 años, para el Juez. Tuve que repetirlo tres veces. La funcionaria se levantó para preguntar a la Letrada de la Administración de Justicia y volvió diciendo que o presentaba la carta por Lexnet, con traslado inmediato a la otra parte, o se la llevaba a Fiscalía, y ya fiscalía decidía si se la entregaba al Juez o no.

Me fui a Fiscalía. El vacío era todavía mayor, como de ultratumba,  solamente una persona estaba sentada en medio de una gran sala.  Traspasé la altura de la primera mesa, sin ocupante alguno como casi todas las demás, pero cargada de figuritas navideñas y de postales, y me dirigí a esa persona. Puso cara de póker -por no decir de asco-  cuando le expliqué lo que llevaba (un sobre con una carta de una niña), y lo que quería (que se lo quedara la Fiscal y que lo entregara al Juez). ¡Qué poca comprensión hay en el mundo hacia las mensajeras-embajadoras!

La funcionaria con cara de póker me dijo que iba a preguntarle a la Fiscal, que estaba en su despacho. Al cabo de unos minutos salió diciéndome que de eso nada, que lo llevara al Juzgado.

De vuelta al Juzgado pedí hablar directamente con el Juez, en plan de Paje a Rey Mago.

El Rey me tuvo esperando de pie más de media hora y por fin me hizo pasar.


Como era de esperar me encontré con un ser tan pequeño como yo, pero era muy joven y eso me hizo pensar que tal vez no habría olvidado lo que es la infancia, la especial necesidad de importar, de ser cuidado, que se tiene en la infancia. Me dijo que me sentara, y lo hice. Le extendí la carta y le conté quién me la había dado y que era para él.
El Rey se quedó pasmado mirando la carta, sin atreverse a cogerla. Intentando conectar con él, le recordé que el artículo 9 de la Ley Orgánica de Protección Jurídica del Menor establece que los y las menores pueden ejercer su derecho a ser escuchados por sí mismos o a través de la persona que designen para que los represente, y que pueden expresarse verbalmente o de cualquier otra forma. El juez parecía escucharme atentamente, tal vez con el eco de la ley en su cabeza, y aproveché para explicarle que por eso estaba yo ahí, llevándole la carta, y se la acerqué un poco más.
El Rey extendió su mano y por fin la cogió.

Amparo Díaz Ramos es abogada especialista en violencia de género.

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