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«EL JUEZ ENAMORADO«
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Por Amparo Díaz Ramos

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Siempre he pensado que en el mundo falta amor, pero hace unos días llegué a pensar lo contrario. Resulta que había ido yo a la declaración de un padre, abogado, denunciado por maltrato a la madre y al hijo, y me encontré con que el juez, muy amablemente lo recibió de corazón, como el que recibe a un antiguo amigo en su casa. No debe ser fácil para un juez o jueza mantener las distancias y equidad ante un conocido, pero es que ni se plantó disimular y en un segundo pasó del “buenos días lo conozco por su trabajo de abogado y acérquese más al micro para que se oiga bien lo que dice en su defensa” al “tranquilo que aquí estamos todos para ayudarle”.
Yo me quedé pensativa. A ver, estoy totalmente a favor de la presunción de inocencia y de la función educativa del derecho penal y, en ese sentido, yo también estaba para ayudarle, pero más que nada estaba para que se investigaran lo hechos denunciados y proteger proporcionalmente al hijo y a la madre. ¿Y no debía estar también para eso el juez? Pues no, estaba sobre todo para ayudar al abogado-investigado, que pongamos se llamaba Pepe.
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Su Señoría empezó a preguntarle y como si las palabras de Pepe fueran música celestial para él, las paladeaba, repetía y mejoraba, mientras la abogada de la defensa calculo que tendría una mezcla de emociones, entre la felicidad de no tener que hacer nada y la bajona de convertirse en innecesaria.
-¿A qué no ha habido ningún comunicado de maltrato del colegio? -Comentó el juez más que preguntó-. Pues entonces es que no hay maltrato ni a la madre ni al hijo, porque si no, habrían comunicado algo.
Yo me pregunté de nuevo, como otras muchas veces, en qué mundo vivía este juez, mientras intentaba entender la naturaleza de ese amor tan desbordante que mostraba hacia Pepe (sí, a veces es que soy una inocente, en el peor sentido de la palabra).

En un momento dado Pepe se quejó de su situación y dijo que la denuncia era un daño terrible a su reputación. Su Señoría pestañeó más rápido y dio un pequeño y a la vez elegante respingo. Pero al momento siguió cálidamente con sus explicaciones, sonriendo a un lado y a otro, que si no tiene que preocuparse ni sentir vergüenza, que si esto le pasa a cualquiera… Y no eran solo sus palabras y su voz dulce, eran sus ojos, la forma en la que lo miraba, que habría querido yo para las víctimas a las que suelo defender. Ese juez era todo amor y cercanía, y yo, me seguía preguntando sobre ese sentimiento que se extendía firmemente por la sala, ¿habría hablado recientemente el Juez con Pepe o era un amor casual y espontáneo? ¿Estaríamos la otra abogada y yo asistiendo a un flechazo entre Pepe y Su Señoría?
Entonces el juez me lo aclaró todo porque dijo:
-Todos nos conocemos aquí, yo he tenido aquí a otros abogados, hasta a un juez, y por su reputación no se preocupe porque todo el procedimiento es secreto de sumario, nadie se puede enterar de nada, esté tranquilo-dijo el juez elevando por impulso, con las alas de la pasión, la reserva judicial al secreto.

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Entonces lo comprendí. Ese juez estaba idolatrando a Pepe, el abogado-investigado-, simplemente porque Pepe era uno de los suyos, el amor hacia Pepe no era más que un reflejo del amor hacia sí mismo, y el trato que le daba, que no tenía nada que ver con la Ley de Enjuiciamiento Criminal ni con el Código Penal, era fruto de la fraternidad entre hombres y del corporativismo entre juristas. Probablemente Pepe ni habría necesitado hacerle llegar extrajudicialmente ningún mensaje a su favor, bastaba con existir, con ser como era, con ser uno de los suyos. Pepe y ese Juez se miraban y se comprendían: cualquiera de ellos quería sentirse impune en la intimidad y cualquiera de ellos se sentía especialmente ofendido siendo investigado por malos tratos.
Porque lo que hacen en la intimidad los dos, como los demás que son como ellos, quieren que siga siendo secreto.
Tal vez un poco nervioso por las emociones que estaba mostrando, Su Señoría se puso a hablar de su mujer, también jueza, y mientras me preguntaba con preocupación a mí misma si también yo podría caer en un amor tan ciego y parcial, él seguía parloteando. Pero ya nada de lo que decía podía ocultar el amor interesado que profesaba hacia sí mismo y hacia los suyos. Un amor que se aparta de la justicia. Un amor que le sobra al mundo.
Amparo Díaz Ramos Díaz Ramos es abogada especialista en violencia de género
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