Mujeres del Sur

ARTICUENTO

«TENGO LA JUSTICIA EN CASA«

Por Amparo Díaz Ramos

.

Soy de esas personas que normalmente va de un sitio a otro dentro de sus pensamientos,  ciega ,  escribiendo demandas en la cabeza o dialogando sobre cualquier cosa, perdiéndome por el mundo  y con riesgo de caerme en cualquier momento. Me cruzo con personas conocidas a las que, muy a mi pesar,  no veo o no recuerdo que conozco. Y sin embargo, cuando me entra un poco de pausa, lo miro todo. Se ve que me trasformo dependiendo de la velocidad.

.

.

Pero no miro sobre todo lo brillante, lo impoluto, sino lo que está roto y desgastado.

Disfruto del cielo y de la luz, pero inexorablemente mi vista viaja al suelo.

Del suelo  ya me gusta todo o casi todo, y más aún en el campo.

Caminaba yo ayer por un camino de tierra oscura, como arcilla, y a ambos lados los olivos.

Me deleitaba unos segundos con la belleza de los troncos de los árboles, con sus hojas, y al momento me perdía por el suelo.

Piedras y raíces asomando, y de repente una lata decolorada. Me pregunto por su historia. ¿Cuánto hace que fue arrojada o simplemente olvidada? ¿En qué habrá cambiado su dueño o dueña? La lata, de coca-cola, con el tiempo y el sol se ha vuelto rosa. A su lado, misteriosamente hay uno de mis objetos favoritos, un sacapuntas. Y además amarillo.  No puedo contenerme y lo rescato.

.

Sigo caminando y me encuentro con frondosas plantas que han echado raíces tras ser exiliadas en una poda. Junto a ellas soy yo  la extranjera y sin embargo no parezco asustarlas. Las toco, es un placer poder caminar por el campo durante una hermosa mañana con sol y sin lluvia. Estoy aquí, con pasión, y a la vez sé que soy efímera. Pequeña y efímera en este suelo y en este cielo. Como todos los seres.

Sigo caminando y llego a una zona en la que parece que alguien ha tirado una bolsa con muñecas. No las distingo, son demasiado modernas, yo me quedé en las barbies, pero me gusta mucho lo pintarrajeadas que están. Puedo imaginar a una niña o un niño atreviéndose a hacer de las suyas.  Me recuerdo a mí misma sufriendo tirando cosas de mi hijo y luego arrepintiéndome de haberlas tirado, y después consolándome con la idea de que no queda más remedio.

No es nada fácil ser madre ni padre, siempre hay algo urgente que aprender, me digo a mí misma mientras estoy a punto de retomar mi camino.

.

.

Entonces me doy cuenta de que fuera de la bolsa de plástico, con un pie enterrado, hay una estatuilla de la justicia, con la mano  que sostiene la balanza amputada. Me recuerda a una que tengo yo en el despacho, de la que precisamente nos cargamos la mano de la balanza al intentar ponérsela. Se ve que lo de la balanza tiene su dificultad.

La miro detenidamente, está sucia, de lado, empobrecida, rota. Es imposible saber qué fue antes si el abandono o el destrozo. Y precisamente por todo eso me trasmite algo que si estuviera perfecta no lo haría. Una mezcla de comprensión y tristeza.

No puedo estar mucho más tiempo en cuclillas así que  alargo mis manos y la cojo, como si fuera un pájaro herido.

Ahora está en mi casa, limpia, y tiene en vez de una balanza un sacapuntas. Yo creo que mejora.

Amparo Díaz Ramos, abogada especialista en violencia de género.

Más de Amparo Díaz Ramos en Mujeres del Sur:

https://https://mujeresdelsur.es/somos-mujejeres-del-sur/