«NO ME LLAMÉIS FEMINAZI. LLAMADME MUJER«

«Hoy no escribo desde un partido político. Hoy escribo desde el corazón. Escribo desde el dolor, desde la preocupación y desde el miedo que siento al ver cómo el debate sobre los derechos de las mujeres se ha convertido, una vez más, en un arma política. Me duele profundamente la sensación de que hay decisiones que pueden hacernos retroceder en derechos que tantas mujeres conquistaron con años de lucha y sacrificio.«
Por Lola Vera

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«Soy andaluza. Soy mujer. Y me niego a permanecer en silencio.
No. No quiero ser más que ningún hombre.
No quiero privilegios.
No quiero enfrentar a mujeres y hombres.
Quiero algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de conseguir: vivir en una sociedad donde ser mujer no suponga un motivo para sentir miedo.
Quiero que una niña pueda crecer sin aprender demasiado pronto que tendrá que mirar hacia atrás cuando camine sola por la calle.
Quiero que una mujer pueda decir “no” sin temer las consecuencias.
Quiero que ninguna madre tenga que despedir a una hija asesinada por quien un día le prometió quererla.
Y, sobre todo, quiero que desaparezca para siempre una de las frases más crueles que seguimos escuchando cuando asesinan a una mujer:
“Algo habrá hecho.”
No.
No hizo nada.
Porque la única responsabilidad de un asesinato es de quien mata.
Nunca de quien muere.
Y, sin embargo, seguimos escuchando otra frase que me rompe por dentro:
“Es que las mujeres los sacan de quicio.”
¿De verdad seguimos justificando la violencia de esa manera? ¿Alguien aceptaría ese argumento si los papeles estuvieran invertidos? La violencia nunca es una respuesta. Nunca puede ser una excusa. Nunca puede ser una justificación.

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Me duele, además, escuchar a mujeres llamar “feminazis” a otras mujeres simplemente por defender la igualdad. Me duele porque muchas veces esas palabras nacen del desconocimiento o de años escuchando un discurso que presenta el feminismo como un enemigo, cuando, en realidad, el feminismo ha sido el camino por el que tantas mujeres pudieron estudiar, votar, trabajar, decidir sobre sus vidas y abrir puertas que antes estaban cerradas.
Ningún derecho cayó del cielo.
Ningún derecho fue un regalo.
Todos fueron conquistados por mujeres valientes que soportaron insultos, desprecios y humillaciones para que las siguientes generaciones viviéramos un poco mejor.
Y precisamente por respeto a ellas no podemos permitirnos olvidar de dónde venimos.
También me preocupa profundamente el momento que vivimos. Me preocupa que los derechos de las mujeres entren y salgan del debate político como si fueran una moneda de cambio. Me preocupa que quienes legislan sobre nosotras muchas veces lo hagan sin escuchar a quienes vivimos estas realidades cada día.
No heredamos nuestros derechos por la generosidad de ningún gobierno. Los heredamos de mujeres que fueron silenciadas, despreciadas y ridiculizadas por atreverse a pedir algo tan simple como igualdad.
Por ellas tenemos la obligación moral de no dar ni un solo paso atrás.
Porque la historia nos enseña que los derechos no desaparecen de un día para otro.
Empiezan perdiéndose poco a poco.
Cuando se cuestionan.
Cuando se ridiculizan.
Cuando se presentan como privilegios.
Cuando se convence a la sociedad de que ya no hacen falta.
Y eso es precisamente lo que más miedo me da.
Que un día despertemos y descubramos que, poco a poco, nos han querido devolver al lugar del que tantas mujeres lucharon por sacarnos.
Que quieran volver a meternos en un cajón.
Cerrar la llave.
Y pedirnos, una vez más, que guardemos silencio.
Pero no.
No pienso volver a ese cajón.
No quiero que mis hijas, mis sobrinas o las niñas que hoy juegan libres tengan que volver a luchar por derechos que sus abuelas conquistaron con tanto esfuerzo.
Los derechos de las mujeres no deberían depender del color de un gobierno, ni de una mayoría parlamentaria, ni de una negociación política.
Los derechos humanos no se negocian.
Se garantizan.
Se protegen.
Se defienden.
Y cuando una sociedad permite que retrocedan los derechos de las mujeres, no solo pierde una parte de nuestra libertad.
Pierde una parte de su propia democracia.
Tampoco quiero dejar de responder a quienes dicen:
“Pues también puedes ir a trabajar a una mina o a poner vías.”
Cada vez que escucho esa frase siento una enorme tristeza.
Porque la igualdad nunca consistió en competir por quién soporta el trabajo más duro.
La igualdad consiste en que el valor de una persona nunca dependa de haber nacido hombre o mujer.
Consiste en recibir el mismo respeto.
Las mismas oportunidades.
La misma dignidad.
Nada más.
Y nada menos.

No escribo estas palabras porque odie a los hombres.
Todo lo contrario.
Conozco hombres extraordinarios que educan en igualdad, que respetan, que cuidan, que escuchan y que también levantan la voz contra la violencia machista.
Ellos no son el problema.
El problema es una sociedad que todavía encuentra excusas para justificar lo injustificable y que sigue preguntándose qué hizo ella en lugar de preguntarse por qué él creyó tener derecho a arrebatarle la vida.
No quiero vivir enfrentada a nadie.
Quiero vivir respetada.
Quiero instituciones que escuchen más y utilicen menos los derechos de las mujeres como arma política.
Quiero leyes justas.
Quiero protección real.
Quiero recursos suficientes.
Quiero que ninguna mujer tenga miedo de denunciar.
Quiero que ninguna niña crezca creyendo que vale menos.
Y quiero que ninguna mujer vuelva a sentirse avergonzada por decir en voz alta que cree en la igualdad.
No pienso pedir perdón por defenderla.
No pienso bajar la voz para resultar más cómoda.
Y no voy a quedarme callada mientras intentan convencernos de que retroceder es avanzar.
Se lo debemos a las que estuvieron antes.
A las que estamos hoy.
Y, sobre todo, a las niñas que algún día heredarán el mundo que les dejemos.
Que ese mundo nunca vuelva a ser una jaula disfrazada de libertad.
No me llaméis feminazi.
Llamadme mujer.
Una mujer que no pide ser más que nadie.
Una mujer que solo exige vivir con la dignidad, la libertad y el respeto que merece cualquier ser humano.
Y mientras exista una sola mujer que tenga miedo por el simple hecho de ser mujer, seguiré levantando la voz.
No por mí.
Por mi madre.
Por mi hija.
Por mis amigas.
Por las que ya no pueden hablar.
Y por todas las que vendrán después de nosotras.»
Lola Vera es sevillana, feminista, presidenta de la «Asociación Mujeres las Trece Rosas por la Paz» y miembro del Consejo Municipal de la Mujer de Sevilla.