EL BALANCE DE LA CONTIENDA QUE NO HARÁN DONALD TRUMP NI NETANYAHU Y MENOS AÚN LOS AYATOLÁS.
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«Barcos del mundo enciendan sus motores», escribía Donal Trump anoche anunciando un acuerdo de paz con Irán que, en genuino persa significa algo así como, «Mujeres del mundo, qué esperabais. ¡Ponerse un velo tampoco es p’ a tanto!».
Por Nani carvajal

.-La guerra más inútil de Estados Unidos e Israel contra Irán parece llegar a su fin sin que ningún documento de paz recoja restituir a las mujeres los derechos que la teocracia islámica les vulnera.
.-La guerra más evitable ha conseguido que 2 millones de mujeres y niñas en Irán y Líbano se hayan visto obligadas a desplazarse de sus lugares de residencia y hayan perdido a miles de seres queridos además de sus hogares.
-La guerra más innecesaria ha hecho que las organizaciones regionales de defensa de los derechos de las mujeres estén amenazadas y que muchas activistas hayan sufrido intimidación, detenciones arbitrarias y en algunos casos violencia letal.
.-La guerra más corta y dañina para la economía global ha costado la vida a más de 6.000 personas en oriente medio.
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Aunque hoy cesen los ataques en oriente medio las armas seguirán todavía apuntando a las mujeres. Por mucho que se abra el estrecho de Ormuz y se controle la amenaza nuclear iraní la guerra no habrá terminado. Aun con las rutas energéticas y comerciales garantizadas no se podrá hablar de paz. La realidad de un conflicto bélico permanece mientras las personas desplazadas sigan fuera de sus hogares, haya familias sin techo, niños y niñas sin escuelas, hospitales destruidos, gente que no puede ejercer su actividad, embarazadas en peligro y mujeres inseguras. Por eso las balas van a seguir soplando sobre sus cabezas.
Desde una mirada feminista, las hostilidades cesan realmente cuando las comunidades afectadas reconstruyen su vida cotidiana, no solo con los objetivos militares cumplidos o los cálculos geoestratégicos satisfechos. El balance de la guerra entre Israel e Irán y el de la ofensiva israelí sobre Líbano se mide en personas desplazadas, en proyectos de vida interrumpidos y en la ampliación de desigualdades que ya existían antes del conflicto. Una guerra iniciada el 13 de junio de 2025, cuando Israel lanzó misiles contra instalaciones nucleares y objetivos militares iraníes, que alcanzó su fase más intensa a partir del 28 de febrero de 2026, con la implicación directa de los Estados Unidos.

Las cifras son elocuentes. ONU Mujeres asegura que más de la mitad de las personas desplazadas por esta guerra han sido mujeres y niñas. En Irán, hasta 3,2 millones de habitantes se ha visto obligados a abandonar sus hogares, y de ellos alrededor de 1,6 millones son mujeres y niñas. En Líbano, la situación ha sido igualmente dramática. Más de 1,2 millones de personas desplazadas, entre mujeres y niñas unas 620.000, lo que representa casi una cuarta parte de toda la población femenina del país.
NÚMEROS CON HISTORIAS
Cuando una familia sufre un bombardeo, son habitualmente las mujeres quienes asumen el cuidado de menores, personas enfermas y mayores. Son ellas quienes buscan alimento, medicamentos, refugio y apoyo emocional en medio del caos. Son ellas quienes ven aumentar su propio riesgo de violencia sexual, explotación y abusos al desaparecer las redes de protección. En Líbano, el 85 % de las mujeres y niñas desplazadas vive fuera de refugios formales, muchas veces en alojamientos precarios y sobrepoblados.

Si hablamos de las mujeres embarazadas, uno de los colectivos más vulnerables, Naciones Unidas estima que entre las desplazadas libanesas hay unas 13.500, muchas de ellas con dificultades para acceder a la atención médica básica. Y el impacto de la guerra sobre las niñas y los niños, según UNICEF, ofrece la fotografía de más de 370.000 menores libaneses con su educación interrumpida y sobreviviendo en un clima nocivo de absoluto riesgo e inseguridad infantil.
Más allá de los números del precio del crudo, las estadísticas de esta catástrofe bélica -que ha ignorado desde su inicio el derecho internacional y burlado la diplomacia- está protagonizada por mujeres supervivientes en uno y otro bando, con o sin velo, que mientras perdían a su gente seguían al cuidado de menores y mayores. Sin embargo, no conocemos a ninguna, ni entre los buenos ni entre los malos, que haya podido sentarse a la mesa donde se toman las decisiones sobre la guerra o la paz. Mantienen la vida durante los conflictos y en cambio se las ignora en los procesos de negociación y resolución.
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Por eso, si hoy termina de verdad esta guerra, el balance sobre quién ganó o perdió en el terreno militar es tan machista como estúpido haber creído en algún momento que hombres de la guerra se saltan el derecho internacional para salvar a mujeres de la opresión teocrática. «Barcos del mundo enciendan sus motores» escribía Donal Trump anoche anunciando un acuerdo con Irán que, en genuino persa, significa algo así como «Mujeres del mundo, qué esperabais. ¡Ponerse un velo tampoco es p’ a tanto!».
Por no hablar de ese otro tuit de celebración en la red presidencial con lazo de regalo de cumpleaños propio: «El acuerdo está firmado, enhorabuena a todos», una frase tan hipócrita como sátrapas son sus firmantes. Cesan los ataques pero no hay victoria para la gente de paz, para esa inmensa mayoría que no sabe bajo qué cielo dormirá o si podrá superar alguna vez el miedo a no despertarse al día siguiente. Ni siquiera da consuelo a las mujeres iraníes de todas las edades abocadas a la resistencia para que sus derechos les sean restituidos alguna vez. Se trata solo de un respiro en la agonía marcada por el último aliento de 6.000 víctimas.

La pregunta es qué motivo moral o material justifica la vida de esas miles de personas, hombres mujeres y niños en su inmensa mayoría civiles inocentes y, en todo caso, ajenos al botín por el que se pelean los poderosos. Y también, qué tipo de indecentes ambiciones compensan a estos tipos desaprensivos y los llevan a provocar además de la muerte el éxodo masivo de supervivientes.
El coste humano de la guerra no tiene festejo y son precisamente las mujeres y las niñas las que llevan impresas las secuelas más duraderas de todos los conflictos. La reconstrucción de millones de vidas suele ser un calvario que requiere tiempo y sacrificio, algo impepinablemente unido a la inversión que se destine para levantar hospitales, ejecutar carreteras, generar sistemas de abastecimiento, reedificar viviendas, escuelas, barrios y ciudades.
Nadie se merece un desastre de guerra y menos un desastre de paz con la incertidumbre, encima, de si Irán será capaz o no de fabricar armas nucleares. Porque sobre los velos no cabe la menor duda: siguen ahí, intactos, demostrando que quienes han suscrito el texto que está dando la vuelta al mundo no han buscado nunca proteger o dignificar vidas sino apilar riqueza. Son mentirosos hasta para disfrazar un acuerdo de paz, y eso que les bastaban tres palabras: «Hasta la próxima».
Nani Carvajal es directora y editora de Mujeres del Sur