DE «SÍNDROME DE OVARIO POLIQUÍSTICO»

A «SÍNDROME OVÁRICO METABÓLICO POLIENDOCRINO»
Parece un cambio de nombre más complicado pero en realidad es toda una concesión al avance de la medicina con perspectiva de género. Después de años de críticas a su denominación considerada científicamente inexacta y responsable del retraso en los diagnósticos para millones de mujeres, el popular síndrome de ovario poliquístico (SOP) ha pasado a llamarse síndrome de ovárico metabólico poliendocrino (SOMP). En ambos casos se trata de la misma enfermedad que afecta a entre un 10 % y un 13 % de las mujeres en edad reproductiva y que, según estimaciones internacionales, hasta un 70 % de las pacientes siguen sin ser diagnosticadas.
Durante décadas, muchas pacientes escucharon que «todo estaba bien» simplemente porque no presentaban quistes visibles -hasta ahora asociados a esta enfermedad-, pese a convivir con síntomas hormonales, metabólicos y reproductivos complejos. Precisamente por eso, el nuevo nombre busca reflejar mejor la «naturaleza multisistémica del trastorno», según los informes técnicos. Si antes se veía el SOP casi exclusivamente como un problema ginecológico, ahora se entiende también desde un punto de vista endocrino, metabólico, reproductivo, e incluso psicológico. Además, el término “ovario poliquístico” llevaba a varios malentendidos porque no describe bien la enfermedad que, solo con el nombre, genera un miedo innecesario en las mujeres a pesar de no tener relación con tumores ováricos. Por eso muchas especialistas consideran que el nombre antiguo no refleja lo que realmente es el síndrome.

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Este cambio de nombre vuelve a evidenciar la importancia de incorporar en la medicina y los sistemas sanitarios una investigación específica para la mujer. El SOP no es un caso aislado. Ahí están también los infartos mal diagnosticados en mujeres porque sus síntomas no coincidían con el «patrón masculino», la normalización histórica del dolor menstrual o enfermedades como la endometriosis, que todavía tardan años en detectarse. También esta disfunción que soportan las mujeres en medicina se extiende a la farmacología, siendo uno de sus más claros ejemplos la somnolencia de los sedantes: está comprobado que provocan en las mujeres un mayor número de accidentes que entre los hombres al aplicarse una dosis estándar.
SIEMPRE PATRÓN MASCULINO
El asunto está a la orden del día desde hace ya varias décadas y son numerosas las médicas, investigadoras y científicas que vienen denunciado públicamente que la medicina tradicional se construyó tomando al hombre como “modelo estándar”. A partir de los años setenta, y con más fuerza desde los noventa, estas especialistas comenzaron a demostrar que muchas enfermedades no se estudiaban lo suficiente en las mujeres, que el dolor femenino se minimizaba y que numerosos tratamientos no habían sido convenientemente probados en cuerpos no masculinos.


Entre las figuras más influyentes en España destaca Carme Valls-Llobet. Endocrinóloga catalana y pionera de la medicina con perspectiva de género, Valls-Llobet ha dedicado décadas a denunciar el sesgo androcéntrico en investigación médica. Su trabajo mostró que enfermedades cardiovasculares, trastornos hormonales, dolor crónico o fatiga se diagnosticaban tarde en mujeres porque los protocolos estaban diseñados según síntomas masculinos. También insistió en que la salud femenina no podía reducirse a la reproducción y que factores como la carga de cuidados, el estrés laboral o la desigualdad social influyen directamente en el cuerpo de las mujeres. Sus libros, especialmente «Mujeres invisibles para la medicina», ayudaron a popularizar estas ideas en el ámbito hispano.

Otra figura importante es Enriqueta Barranco, ginecóloga vinculada a la defensa de una atención más respetuosa hacia las mujeres. Barranco criticó la medicalización excesiva de procesos naturales femeninos y denunció cómo muchas pacientes eran tratadas de manera paternalista en ginecología y obstetricia. Sus trabajos y conferencias han abordado la menopausia, la sexualidad femenina y la violencia obstétrica, insistiendo en que las mujeres deben participar activamente en las decisiones sobre su salud.

Desde la epidemiología y la salud pública sobresale María Teresa Ruiz Cantero. Sus investigaciones analizaron cómo los estudios médicos y estadísticas sanitarias invisibilizaban diferencias entre hombres y mujeres. Ruiz Cantero mostró que muchos ensayos clínicos incluían pocas mujeres y que los datos sanitarios rara vez se analizaban separando por sexo. Gracias a este tipo de investigaciones se empezó a exigir que los estudios biomédicos incluyeran análisis diferenciados y que las políticas sanitarias incorporaran perspectiva de género.
EL SÍNDROME DE YENTEL

A nivel internacional, una de las figuras históricas más influyentes fue Bernadine Healy. En 1991 acuñó el concepto del “síndrome de Yentl”, inspirado en el personaje literario que debía hacerse pasar por hombre para ser reconocida. Healy denunció que las mujeres con enfermedades cardíacas recibían peor atención porque sus síntomas no coincidían con el modelo masculino clásico del infarto. Su trabajo transformó profundamente la cardiología y abrió la puerta a investigaciones específicas sobre salud cardiovascular femenina.
También ha tenido gran impacto Alyson McGregor, autora de «Sex Matters». McGregor defiende que las diferencias biológicas entre hombres y mujeres afectan prácticamente todos los aspectos de la medicina: desde la respuesta a los medicamentos hasta el dolor, el metabolismo o las enfermedades autoinmunes. Su trabajo ayudó a consolidar el campo conocido como “medicina del sexo y el género”, que busca incorporar estas diferencias de forma sistemática en la práctica clínica y la investigación.
Desde una perspectiva histórica y cultural, Elinor Cleghorn demostró que durante siglos los síntomas femeninos fueron interpretados como exageraciones emocionales o “histeria”. En su libro «Unwell Women» documenta cómo muchas enfermedades reales de las mujeres fueron ignoradas, mal diagnosticadas o psicologizadas. Su trabajo ha sido clave para comprender que el sesgo médico hacia las mujeres no es un problema reciente, sino histórico.
Algo parecido hicieron Barbara Ehrenreich y Deirdre English, quienes en los años setenta denunciaron el paternalismo médico y la pérdida del conocimiento femenino sobre el propio cuerpo. Criticaron cómo la medicina institucional había desplazado históricamente a mujeres cuidadoras, comadronas y sanadoras, concentrando el poder sanitario en estructuras dominadas por hombres.
ÓVULO PASIVO

Por otra parte, investigadoras como Emily Martin mostraron que incluso el lenguaje científico podía contener sesgos de género. Martin analizó la biología reproductiva y describió que el espermatozoide era calificado como “activo” y el óvulo como “pasivo”, reproduciendo estereotipos culturales dentro de la propia ciencia. Sus estudios ayudaron a cuestionar la supuesta neutralidad de la investigación biomédica.
Todas estas autoras y científicas han lanzado un órdago a la medicina tradicional y exigen a través de sus propias comprobaciones científicas, que se reconozcan las diferencias biológicas, hormonales y sociales que influyen en la enfermedad, el diagnóstico y el tratamiento cuando la paciente es una mujer. Gracias a este movimiento hoy existe más investigación al respecto y enfermedades tan nuestras, de toda la vida, como el «ovario poliquístico», han adquirido por fin una denominación casi impronunciable sí, pero más adecuada a nuestra realidad.
Sara Lagos
Si queréis comunicar casos de relevancia sobre la falta de investigación y diagnóstico medicinal en patologías femeninas podéis mandar vuestra comunicación a: mujeresdelsur@mujeresdelsur.es Asunto: «Medicina de mujer».