INMIGRANTES

Por Cristina Martínez

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La humanidad ha emigrado desde el albor de los tiempos de un lugar a otro en busca de horizontes mejores para su supervivencia. Si las personas no hubieran llevado a cabo esas migraciones, probablemente no estaríamos donde estamos hoy, pues nuestros antepasados habrían perecido.
La historia recoge migraciones masivas que cambiaron la faz de las civilizaciones invadidas, las cuales, en todos los casos, estaban aquejadas de una profunda decadencia.

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Eso sigue sucediendo hay en día. La gente emigra masivamente de los países pobres y maltratados a los países ricos y decadentes. En la mayor parte de los casos, porque no tiene más remedio ni otra escapatoria.
Occidente es responsable de esa emigración. Esos países de América Latina y África, de donde proceden hoy muchos inmigrantes, han sido colonizados y sometidos a un expolio por parte de Occidente, lo que los ha dejado esquilmados o en manos de unos pocos a quienes poder seguir manipulando, mientras el resto de la población sufre desnutrición, miseria y formas de esclavitud. Por lo tanto,
Moralmente, no podemos mirar para otro lado o intentar que no vengan o negarles la entrada cuando llegan.
Quienes emigran suelen ser los más fuertes, la mejor savia del país, dejando doblemente esquilmada su tierra de origen.
Dejar atrás a la familia y amigos, los recuerdos de la infancia, y la seguridad que aporta la comunidad y lo conocido, es un trago difícil. Los inmigrantes que se cuelan por todos los resquicios de nuestro rico y abundante mundo, y que lo hacen sin seguridad ni amparo, no han emigrado por capricho, sino por necesidad, partamos de esa base.
Nuestro egoísmo occidental les permite entrar porque la mano de obra barata y el aporte humano es necesaria a la sociedad capitalista en la que vivimos. Ahora bien, tenemos tendencia a mirarles por encima del hombro o a tratarlos como invasores.

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Para empezar ¿Cómo puede asegurar cualquiera de nosotros que no procede de una inmigración, de norte a sur o de sur a norte, cruzando continentes y dejando atrás las raíces para arraigar en la nueva tierra conquistada?
Yo he sido emigrante y sé lo difícil que es abrirse paso en un país donde no conoces el idioma, ni a nadie, donde el clima puede ser inclemente y donde la nostalgia de lo que se dejó atrás te vela la mirada en cuanto abres los ojos cada mañana. Sobrevivir en esas circunstancias es cuestión de ganarle la batalla al día a día. Y eso que, en mi caso, no tuve que llegar en patera.
No es difícil imaginar lo que tiene que ser para los inmigrantes subsistir en un mundo ignorado sin otro pertrecho que la juventud y la ilusión frente a una cultura diferente, un clima adverso y unas referencias que nada tienen que ver con lo conocido.

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La auténtica solución pasaría por ayudarles a reconstruir sus países de origen para que no necesiten emigrar. Y eso implicaría devolverles lo que antes les hemos arrebatado.
Claro que, una vez que están aquí, lo menos que podemos hacer es ayudarlos para que puedan adaptarse a nuestro mundo, a la par nosotros podemos enriquecernos con sus aportaciones y aprender de ellos, ahora bien, sin que esa asociación suponga renunciar a los principios y valores que, con tanto esfuerzo, hemos ido construyendo a lo largo de los siglos, el primero de todos: la igualdad entre hombres y mujeres, pero también la democracia, la educación, la libertad.
Cristina Martínez Martín es escritora, profesora jubilada, empresaria y feminista.
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