ANTES DEL POEMA FUE LA MARCA

Por Carmen Herrera Castro

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Antes de la escritura. Antes del poema. Antes incluso del lenguaje tal como lo entendemos.
Hay manos en las paredes de las cuevas.
Manos en negativo, en las paredes de las cavernas paleolíticas. Manos sopladas con pigmento. Manos repetidas, insistentes, casi seriales.
No representan nada. No narran una escena. No describen un mundo.

Dicen una sola cosa: yo estuve aquí.
Estudios arqueológicos recientes, basados en el análisis de huellas dactilares y morfología de las manos, han revolucionado la comprensión de la prehistoria al demostrar que gran parte de las pinturas rupestres fueron realizadas por mujeres. Investigaciones pioneras, como las de Dean Snow, sugieren que el 75% de las huellas de manos en las cuevas pertenecen a mujeres y/o adolescentes.
No hay autoría. No hay estilo. No hay intención estética en el sentido moderno.
Y, sin embargo, hay gesto, hay repetición, hay ritmo, hay decisión formal.
Si llamamos escritura no solo a la palabra, sino a la organización material de una experiencia en el espacio, entonces estas manos son escritura.
La primera marca humana no es representacional. Es existencial.
Antes del verso, hubo cuerpo. Antes del sentido, hubo huella.
Miles de años después, en otro lugar del mundo, esa intuición no desaparece.

En las montañas del Alto Atlas, las mujeres amazigh tejen alfombras. Y en esas alfombras ellas escriben, cuentan, mediante la trama, mediante la urdimbre, definen el hilo conductor de todas las historias


No con letras. No con palabras. Con signos geométricos, con ritmos, con repeticiones, con variaciones. No existe un alfabeto fijo. No hay una gramática estable. Los motivos no se leen: se reconocen.


Cada alfombra cuenta una historia, puede contener un duelo, un deseo, una advertencia, una memoria corporal. No es un texto para ser descifrado. Es un texto para ser habitado.
Estas escrituras no entran en la historia de la literatura. No porque no sean complejas. No porque no sean experimentales. Sino porque obligarían a redefinir qué entendemos por escritura, qué entendemos por experimentación, qué entendemos por autor.
Aquí no hay firma. No hay canon. No hay intención de trascender en la memoria de las generaciones futuras. Y, sin embargo, hay sistema. Hay estructura. Hay lenguaje, hay pensamiento estructurado, formal.
Cuando, siglos después, una mujer diseñe un poema que no se lee en línea recta, sino como una matriz, como un campo de posibilidades, como un sistema activado por la lectura, no estará inaugurando algo nuevo: estará retomando una intuición muy antigua.
En el siglo IV, en China, una mujer llamada Su Hui llevará esa intuición al límite de la conciencia.

Pero antes de llegar ahí, es necesario recordar que la historia de la literatura experimental no empieza con la vanguardia, ni con el manifiesto, ni con la tipografía.
Empieza cuando alguien decide dejar una marca.
Carmen Herrera Castro es poeta, fotógrafa, ilustradora, editora, médica especializada en Medicina Nuclear y presidenta de la Fundación María Fulmen.
(Próximamente: Parte II :LA MUJER EXPERIMENTA
Carmen Herrera Castro en Mujeres del Sur:
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