EL NOBEL DE LA PAZ PARA LA JUEZA QUE ACUSÓ A ISRAEL DE COMETER GENOCIDIO EN GAZA

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.- La jurista sudafricana, nacida en Durban aunque su familia es de origen tamil indio, tiene una importante trayectoria en la defensa de los derechos humanos y la justicia internacional.
.-El Nobel se le ha concedido por su trabajo en favor de la paz y, especialmente, por su contribución a que los responsables de crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio puedan rendir cuentas ante la justicia.
.-La guerra de Gaza ha centrado sus trabajos más recientes. Ha denunciado el terrorismo de Hamás y la respuesta genocida de Israel.
Por Nani Carvajal

Navi Pillay, (Durban 1941), no tiene intención ninguna de compartir su flamante premio Nobel con Donald Trump. A estas alturas de su vida no le ríe las gracias a nadie y no necesita los favores ni del ególatra norteamericano ni de ningún otro. Ha sobrevivido 85 años al apartheid sudafricano y se ha hecho a sí misma sin necesitar el apoyo de ningún magnate. Y si algo le debe a alguien es a su madre, de origen tamil indio como toda su familia, empeñada en darle la misma educación que a sus hermanos varones. Por eso pudo cursar derecho y, aún sufriendo en primera persona la discriminación de raza y la de género, en 1967 se convirtió en la primera mujer en abrir un bufete de abogados en la provincia de Natal, manteniéndolo operativo durante 28 años.

Pero de tener que compartir el Premio Nobel con alguien probablemente Navi Pillay lo hubiera hecho con el difunto Nelson Madela (1918-2013), quien, tras el apartheid, la recomendó para convertirse en la primera mujer negra en ocupar el puesto de jueza interina del Tribunal Superior de país sudafricano. En todo caso el reparto hubiera resultado reiterativo porque Mandela ya tuvo su Nobel de la Paz en 1993, así que todo el galardón para ella que se lo tiene bien merecido.
Sucede que la hija de un conductor indio en Durban, por muy abogada o jueza que llegara a ser, rara vez ocuparía su cabeza en la conquista de premios. Bastante tenía ya Pillay desde que estrenó su carrera de abogada con la defensa de activistas contra el apartheid y de personas perseguidas por motivos políticos. Asuntos esos de sus primereas décadas como jurista que serían pecata minuta comparados con los que le deparaba la maldad de este mundo. El genocidio cometido en Ruanda en 1994, sin ir más lejos, sería el primero en la lista de los intrincados marrones que empezarían a caerle hasta el día de hoy.

El de Ruanda le llegó a Pillay cuando ejerciendo de jueza en el Tribunal Superior de su país resultó elegida por la Asamblea General de las Naciones Unidas para presidir el Tribunal Penal Internacional que juzgaría a los responsables del conflicto vivido en aquel país en 1994, (una guerra civil de fondo junto al exterminio de 800.000 personas en su mayoría tutsis a manos de los hutus). Ella aceptó la encomienda, se la trabajó durante 2 años, 6 meses y 20 días y la sentencia sentó precedente. Por primera vez los políticos responsables de genocidio fueron condenados -la perpetua para alcalde de Taba, Akayesu, cuyo caso Pillay llevó directamente, y misma pena para el Primer Ministro y el Ministro de Juventud-. Pero su veredicto tuvo además una contribución decisiva para el derecho internacional al establecer que la violación y la violencia sexual también deben considerarse como estrategias de genocidio cuando se cometen con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso.
Hubo más encargos de la ONU a Pillay. En 2008 la nombra Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y como la sudafricana no sabe decir que no, durante 6 años la tuvimos defendiendo la igualdad, los derechos de las minorías, del colectivo LGTBI y combatiendo todas las discriminaciones nombrables en los contextos nacionales más adversos. Sumémosle a ello los problema añadidos de la guerra en Siria con sus correspondientes abusos, torturas, desaparecidos, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad… y después la de Sri Lanka con más de lo mismo. Inasequible al desaliento, Pillay nunca cesó de señalar y de reclamar a los responsables para que pagaran por sus culpas al tiempo que exigía al Consejo de Seguridad actuaciones más contundentes, generalmente frenadas por la numerosas presiones políticas. Si sus denuncia no lograron obligar lo suficiente a las partes en conflicto sí al menos están ahí y documentan con todo detalle la delincuencia del poder.

Por si fuera poco, y cuando a Pilley, como a cualquier otra colega de su edad, lo que ya le apetecía era ir al despacho de 9 a 2, ver que todo funciona, echar un rato en el gimnasio y pasar la tarde en el sofá maldiciendo tertulian@s, le cae esta vez encima el sumun de las contiendas, es decir, la guerra de Gaza. Cuatro años antes de que Israel invadiera la Franja tras los ataques de Hamás la llamaron desde el Consejo de Derechos Humanos de la ONU para que que se hiciera cargo de la comisión que tendría que investigar las presuntas violaciones de derechos humanos y del derecho humanitario en los territorios palestinos ocupados e Israel. Al teléfono y en persona, Nazhat Shameem Khan, la presidenta del Consejo: «Querida Navi, cuentas con Miloon Kothari, de India; y Chris Sidoti, de Australia y te toca presidir el equipo.»
La ya experta en conflictos bélicos aceptó el encargo, se puso a ello y… ¡sorpresa!, el 7 de octubre de 2023, Hamás y otros grupos armados palestinos lanzan un ataque inesperado desde la Franja de Gaza contra el sur de Israel. Asaltan comunidades civiles, localidades, puestos militares y cometen asesinatos, violaciones y secuestros. Mueren alrededor de 1.200 personas, en su mayoría civiles, y unas 250 son tomadas como rehenes y llevadas a Gaza. Inmediatamente Israel responde con una ofensiva militar a gran escala y provoca en Gaza una destrucción inconmensurable con desplazamientos masivos, devastación, privación de suministros básicos, secuestro de la ayuda humanitaria, hambre y más de 70.000 muertes palestinas. El 10 de octubre de 2025 se acordó el alto el fuego pero los ataques continúan y las víctimas siguen creciendo.

La comisión presidida por Pillay documentó los delitos cometidos por ambas partes. Concluyó que Hamás había cometido entre otros crímenes de guerra, ataques deliberados contra civiles y asesinatos; toma de rehenes, incluidos niños; tortura y tratos crueles o inhumanos; violencia sexual y destrucción o apropiación de bienes. Y a la vez culpó a Israel de haber perpetrado un genocidio en la Franja de Gaza además de homicidios, uso del hambre como método de guerra, traslados forzosos y otras violaciones del derecho internacional. También exigió que sus responsables pagaran por las atrocidades cometidas pero hasta el momento nadie ha asumido responsabilidades ni penales ni políticas.
Por sus investigaciones y sus sentencias Navi Pillay se ha merecido el Nobel de la Paz. Concretamente se lo han dado por su esfuerzo en desarrollar el derecho internacional, su laborioso empeño en la defensa de los derechos humanos y la exigencia de responsabilidades ante los crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio.

Se dice pronto pero han sido sido 60 años en primera línea de batalla contra la cara más despiadada y escalofriante de la violencia y la delincuencia internacional en todas sus variantes. Por eso y ante semejante trayectoria, una, fruto de la coyuntura patria, no puede dejar de preguntarse por la cantidad de gente que habría querido silenciarla e incluso acabar con su vida. Y en la misma lógica, poniéndose en su pellejo, se imagina lo que no habría dado la jueza sudafricana -seguro que hasta el Nobel- por haber nacido, por ejemplo, en Badajoz, llamarse Beatriz Biedma y encargarse de asuntos tales como la instrucción del caso del hermano de Pedro Sánchez. ¿El Clan de los Rochos? ¡Angelitos del cielo!
Nani Carvajal es directora y editora de Mujeres del Sur
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