Mujeres del Sur

Sangre en el chaleco de prensa:

LAS PERIODISTAS EN LÍBANO NO SON NÚMEROS

Por Nariman Chamaa

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En el mundo del periodismo, el chaleco azul y el casco pesado con la inscripción «PRENSA» son meras herramientas de identificación, no escudos defensivos. Su función es simplemente indicar que quien los lleva está allí para transmitir la verdad. Sin embargo, en Líbano, estos elementos se han reducido a simple tela y plástico frágil, sin ofrecer ninguna protección contra los misiles dirigidos que atraviesan fortificaciones de hormigón, y mucho menos contra cuerpos humanos. El ataque sistemático de las fuerzas de ocupación israelíes contra los medios de comunicación ya no distingue entre frentes de batalla y zonas residenciales, transformando el ejercicio del periodismo en una misión diaria e imposible de supervivencia física y espiritual.

LA GEOGRAFÍA DEL DOLOR: TRAUNA CONTINUIO Y SANGRADO PÈRPETUO

La verdadera tragedia del periodismo de conflicto en Líbano no termina con el eco que se desvanece de una explosión o la retirada de un ataque aéreo; comienza en esos pequeños detalles viscerales que se graban en la memoria y se resisten a desaparecer. Los equipos de prensa —especialmente las jóvenes periodistas que cubren los intensos bombardeos en el sur del Líbano y el valle de la Bekaa, o que recorren el polvo de los edificios demolidos en Beirut— viven en un estado de trauma psicológico acumulativo, fruto de presenciar la mortalidad diaria.

En este trabajo, la sangre nunca es una mera estadística en un informe de víctimas; es una realidad abrumadora y amarga. Los detalles escalofriantes de la sangre acumulada en el suelo, el olor a cuerpos carbonizados entre los escombros y los restos de niños son escenas que se graban en la conciencia de un periodista durante años. Este dolor en el Líbano es acumulativo y continuo; los equipos de prensa no se limitan a cubrir un suceso pasajero y seguir adelante. Sobreviven a una cadena continua de crisis críticas que convierte la tragedia de la profesión en una herida viva, que se renueva con cada nuevo momento vivido por los periodistas hoy, en medio de la agonía de toda una nación. Esta realidad se refleja en el horripilante balance general documentado por el Ministerio de Salud libanés, que ha registrado más de 3.324 mártires y más de 10.027 heridos (hasta finales de mayo de 2026).

CRÓNICA DE TESTIGOS: CUANDO LA LENTE SE CONVIERTE EN OBJETIVO

En medio de esta hemorragia general, el cuerpo de medios libanés ha pagado un precio en sangre sin precedentes y muy alto. Desde el comienzo de la agresión en octubre de 2023 hasta la actualidad, el Sindicato de Prensa Libanés y las organizaciones de derechos humanos han documentado el martirio de 27 periodistas, camarógrafos y técnicos libaneses, junto con decenas de otros que han sufrido amputaciones o lesiones graves que les han cambiado la vida.

La transición de informar las noticias a convertirse en noticia nunca es una mera coincidencia; es un asesinato deliberado de la verdad. Aquellas colegas que han abandonado el terreno no eran solo nombres en un teletipo de noticias de última hora. Cada uno tenía una historia, una ambición, una pasión por la vida y una familia que esperaba su regreso:

  • Farah Omar: Murió en un ataque aéreo directo en Tayr Harfa (noviembre de 2023) mientras ejercía su profesión en un conocido punto de encuentro público para periodistas. Su camarógrafo, Rabih Maamari, y un civil local que la acompañaba murieron junto a ella.
  • Sakina Kawtharani: Derribada antes de poder completar su mensaje, el bombardeo la persiguió hasta el edificio residencial donde se había refugiado en la ciudad de Joun (noviembre de 2024). Sakina fue asesinada en una horrible masacre que le arrebató la vida a sus dos hijos pequeños y a quince miembros de su familia, dejando a otros doce heridos. La madre y periodista quedó sepultada bajo los escombros de su refugio.
  • Fatima Ftouni: Su vehículo de prensa fue destruido por cuatro misiles directos consecutivos en Jezzine (marzo de 2026). Fatima fue asesinada en esta masacre mediática junto a su equipo: el director de la oficina del sur del canal, Ali Shoaib, y el camarógrafo, Mohammad Ftouni, en un claro intento de aniquilar a todo el equipo a pesar de las claras marcas de prensa en el vehículo.
  • Ghada Dayekh: Un ataque aéreo israelí impactó su edificio de apartamentos en Tiro (abril de 2026), destruyéndolo por completo y matándola instantáneamente en su interior.
  • Suzane Khalil: Fue atacada el mismo día que Dayekh en un ataque aéreo separado en Kaifoun, donde cubría la situación de las personas desplazadas en una zona supuestamente neutral al conflicto. Esto confirma que no existe una zona segura en el Líbano.
  • Amal Khalil: La memoria del Sur. Su martirio en la ciudad de Al-Tiri (abril de 2026) encarna una brutalidad incomprensible. Las fuerzas de ocupación la atacaron a ella y a su camarógrafa, Zeinab Faraj, en tres ocasiones consecutivas; una de ellas impactó en el edificio donde se habían refugiado. Además, impidieron que los equipos médicos de emergencia llegaran hasta ellas durante horas, a pesar de las comunicaciones de las autoridades libanesas a través del Comité del Mecanismo de Enlace para mediar en su rescate. Abandonadas a su suerte bajo los escombros en una lenta y agonizante lucha por la supervivencia, Amal finalmente sucumbió a sus heridas, dejando a su colega herida como testigo viviente de horas de tortura física y un imperdonable abandono internacional.

De izquierda a derecha las periodistas asesinadas: Ghada Dayekh, Amal Khalil, Farah Omar, Fatima Ftouni, Suzane Khalil y Sakina Kawtharani con sus dos hijos: Sarah y Reda.

¿Por qué este dolor cala más hondo en el subconsciente de las mujeres?


Al analizar el impacto de estas atrocidades, no se puede minimizar el inmenso dolor y sufrimiento experimentado por los periodistas varones; el sufrimiento humano es indivisible. Sin embargo, desde una perspectiva sociológica objetiva, la guerra deja cicatrices más profundas en la vida de las periodistas debido a realidades estructurales:

  1. La doble carga del cuidado: En Líbano, una periodista suele ser la principal cuidadora de su familia. El conflicto interno entre la intensa preocupación por sus familias, que pueden estar desplazadas o en zonas inseguras, y su deber profesional de cubrir los acontecimientos desde el terreno bajo intensos bombardeos, genera un estrés psicológico doble y severo.
  2. Guerra moral y política: Los ataques físicos suelen ir acompañados o seguidos de violencia digital coordinada y campañas de desprestigio diseñadas para socavar la autoridad profesional de las periodistas. En el contexto libanés, esta difamación adquiere peligrosas dimensiones políticas; las periodistas son sistemáticamente atacadas y calumniadas por sus posturas políticas o por trabajar en medios de comunicación con líneas editoriales contrarias a la ocupación. El intento de legitimar el asesinato o la incitación contra periodistas basándose en la identidad de sus empleadores es un crimen en sí mismo, que ignora deliberadamente las convenciones internacionales que garantizan el derecho absoluto a la libertad de opinión, expresión y afiliación política, y que exigen su protección como civiles. Cruelmente, este asesinato moral no termina con la muerte; persigue su memoria y dignidad humana incluso después de su fallecimiento.
  3. Duelo postergado y dolencias silenciosas: En tiempos de crisis continua, se espera culturalmente que las mujeres muestren estoicismo emocional para mantener unidas a sus familias y comunidades. En consecuencia, «posponen» su propio duelo y el trastorno de estrés postraumático (TEPT). Estos traumas psicológicos, que comenzaron con las sucesivas crisis del Líbano y siguen alimentándose de las atrocidades actuales, se arraigan profundamente en el subconsciente, calcificándose con el tiempo en dolencias físicas y psicológicas crónicas debido a la total ausencia de apoyo institucional especializado.

LO QUE REALMENTE NECESITA EL CUERPO DE PRENSA

La caracterización legal de lo que les está sucediendo a los periodistas es inequívoca y no necesita palabras bonitas. Estos actos constituyen auténticos crímenes de guerra según los Convenios de Ginebra y el Estatuto de Roma, que definen estrictamente a los periodistas como civiles que no deben sufrir daños.

Por lo tanto, los periodistas de hoy no necesitan declaraciones protocolarias de condena o simpatía; exigen medidas decisivas y concretas para detener los ataques contra los medios de comunicación, los equipos médicos y la población civil. La inclusión de estas tres categorías en una misma lista de objetivos demuestra una estrategia deliberada para aislar a las víctimas, cortarles las vías de rescate e impedir que su testimonio llegue al mundo.

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En consecuencia, los organismos internacionales (incluidas la UNESCO y la Federación Internacional de Periodistas) y las redes de derechos humanos deben asumir sus responsabilidades legales y morales tomando medidas inmediatas:

  1. Romper el ciclo de impunidad: ir más allá de la mera «preocupación» y ejercer una presión real para que se realicen investigaciones penales internacionales independientes, y enjuiciar a los comandantes militares responsables de dar órdenes letales, de modo que el asesinato de un periodista no quede impune.
  2. Protección médica y de seguridad sobre el terreno: Activar los mecanismos de monitoreo directo de la ONU para proteger el desplazamiento de los equipos médicos de emergencia y los equipos de prensa, y clasificar la prevención de operaciones de rescate (como ocurrió con Amal Khalil) como una ejecución deliberada que exige una inmediata rendición de cuentas penal internacional.
  3. Apoyo psicológico obligatorio como derecho profesional: Financiar plenamente y establecer centros permanentes y especializados de trauma y rehabilitación en el Líbano. Brindar asistencia psicológica a los periodistas es una medida esencial de seguridad profesional para ayudarlos a sobrellevar estos traumas acumulados, no un lujo secundario.
  4. Documentar las atrocidades contra periodistas, especialmente las de género: Monitorear y documentar sistemáticamente cómo se utiliza el ataque contra mujeres periodistas como arma para aterrorizar a las comunidades locales y desmantelar la narrativa humana de la guerra, elevando oficialmente estos expedientes a los mecanismos pertinentes de las Naciones Unidas.

El silencio persistente del mundo ante el olor a muerte y la viscosidad de la sangre que persigue a los periodistas durante años constituye una complicidad tácita en la sofocación de la verdad. El chaleco y el casco que usan los profesionales de los medios son una declaración del derecho global a la información; que se conviertan en una inmunidad legal que proteja sus vidas, no en un objetivo que acabe con ellas.

Nariman Al Chamaa es periodista, activista y presidenta de la ONG Donia para el Desarrollo Sostenible en el Líbano.

Artículo compartido con la newsletter Mediterránea n.5: “Comunicar la Mediterranea con mirada feminista”. https://mailchi.mp/6da4187d3908/newsletter-mediterrnia-nm-10345581