
QUIERO QUE SEPÁIS POR QUÉ TENGO MIEDO
Por Lola Vera

Queridos nietos y nietas :
Quizá algún día me preguntéis por qué los mayores hablamos tanto de la Guerra Civil, de Franco, de la dictadura, de ETA, del miedo y de la democracia.
Quizá penséis que todo eso pasó hace demasiado tiempo.
Y seguramente tendréis razón en una cosa: pasó hace muchos años.
Pero hay cosas que pueden pasar hace muchos años y seguir viviendo dentro de las personas.
Porque una guerra termina cuando dejan de disparar.
Una dictadura termina cuando desaparece el dictador.
Un atentado termina cuando explota la bomba.
Pero el miedo tarda mucho más en desaparecer.
Y yo quiero contaros algo desde mi propia mirada.
Quiero hablaros como abuela.
No como historiadora.
No como política.
No como alguien que pretende deciros a quién tenéis que votar.
Quiero hablaros como una mujer que ha vivido lo suficiente para saber que la libertad no es algo que debamos dar por hecho.
Quiero que imaginéis una casa de aquella época

IMAGINAD UNA FAMILIA NORMAL
Una madre.
Un padre.
Unos hijos.
Una casa humilde.
El padre trabaja.
La madre se ocupa de la casa y de los hijos.
Quizá ella también trabaja, pero durante mucho tiempo la sociedad esperaba de una mujer que su principal función fuera ser esposa y madre.
Ahora imaginad que esa mujer quiere hacer algo tan sencillo como abrir una cuenta bancaria, trabajar, viajar o tomar determinadas decisiones de manera independiente.
Hoy nos parece absurdo pensar que una mujer tenga que pedir permiso para cosas así.
Pero durante el franquismo las mujeres estuvieron sometidas a una legislación y a unas normas sociales que limitaban fuertemente su autonomía.
El Código Civil y otras normas establecieron durante décadas una posición jurídica de subordinación de la mujer casada respecto al marido.
Y muchas mujeres tuvieron que pedir autorización marital para determinados actos.
Eso hoy nos parece una barbaridad.
Y lo es.

PERO OCURRIÓ
No es una historia inventada.
No es una exageración.
No es una película.
Ocurrió.
Y quiero hablaros de algo que para mí es todavía más importante:
Yo soy mujer.
Y precisamente por ser mujer hay cosas que me preocupan especialmente.
Porque hemos avanzado muchísimo.
Muchísimo.
Las mujeres hemos conquistado derechos que otras generaciones no tuvieron.
Hemos estudiado.
Hemos trabajado.
Hemos votado.
Hemos decidido sobre nuestras vidas.
Hemos ocupado puestos que antes parecían reservados únicamente para hombres.
Hemos aprendido a decir:
“Mi vida es mía.”
Y yo no quiero perder eso.
No quiero volver al silencio.
No quiero volver a una época en la que una mujer tuviera que depender jurídicamente de un hombre para tomar decisiones sobre su propia vida.
No quiero volver a tener que pedir permiso a mi marido para algo tan básico como disponer de mi dinero o trabajar.
No quiero que nadie decida por mí si puedo salir, viajar, estudiar o trabajar.
No quiero tener que pedir permiso para votar.
Quiero poder caminar sola por la calle sin tener miedo.
Quiero poder decir que no.
Quiero que mis nietas puedan hacer lo mismo.
Y quiero que mis nietos y nietas entiendan que esto también es libertad.

PERO HAY OTRO MIEDO QUE TODAVÍA EXISTE:
Y este miedo es mucho más actual.
Tengo miedo de que algunas personas intenten convencernos de que las mujeres exageramos.
De que la violencia contra las mujeres no existe.
De que nos inventamos nuestros miedos.
De que cuando una mujer dice que tiene miedo, alguien responda:
“Estás exagerando.”
“Eso no pasa.”
“Siempre ha sido así.”
“Las mujeres os quejáis por todo.”
No.
No quiero que aceptéis eso.
Porque las mujeres no estamos exagerando cuando hablamos de violencia.
Una mujer asesinada no es una exageración.
Una mujer maltratada no es una exageración.
Una mujer acosada no es una exageración.
Una mujer que tiene miedo de volver sola a casa no es una exageración.
Y una familia que pierde a una madre, una hija, una hermana o una amiga tampoco está exagerando.
No quiero que mis nietas tengan que ser valientes para hacer cosas normales
Quiero que puedan volver solas a casa.
Quiero que puedan vestirse como quieran.
Quiero que puedan estudiar lo que quieran.
Quiero que puedan trabajar.
Quiero que puedan ganar su propio dinero.
Quiero que puedan tener una cuenta bancaria.
Quiero que puedan votar.
Quiero que puedan enamorarse de quien quieran.
Quiero que puedan dejar una relación si ya no quieren continuar.
Quiero que puedan decir “no”.
Y quiero que ese “no” sea suficiente.
No quiero que tengan que ser más fuertes que los demás simplemente porque son mujeres.
Quiero que sean libres.

Y QUIERO QUE MIS NIETOS VARONES TAMBIÉN ENTIENDAN ESTO:
A vosotros también os corresponde.
Porque defender la libertad de las mujeres no es estar contra los hombres.
Es estar a favor de una sociedad mejor.
No quiero que mis nietos crezcan pensando que ser hombre significa mandar.
Ni que ser hombre significa tener más derechos.
Ni que ser hombre significa que una mujer tenga que obedecer.
Quiero que entendáis que una mujer no es propiedad de nadie.
Ni de su padre.
Ni de su marido.
Ni de su pareja.
Ni de ningún hombre.
Y tampoco quiero que os hagan creer que respetar a una mujer significa tratarla como si fuera débil.
No.
Respetar a una mujer significa reconocerla como una persona completamente libre.
Por eso me preocupa lo que estamos viviendo ahora
Y aquí vuelvo a la política.
Porque últimamente veo demasiado enfrentamiento.
Demasiado insulto.
Demasiada rabia.
Demasiadas personas convencidas de que quienes están al otro lado son enemigos.
Veo a la izquierda y a la derecha enfrentándose cada vez con más dureza.
Veo también posiciones ultras, de distintos signos, intentando llevar el debate hasta extremos donde parece que ya no importa convencer al otro, sino destruirlo.

Y ESO ME PREOCUPA
No porque crea que debamos dejar de discutir.
Todo lo contrario.
Tenemos que discutir.
Tenemos que protestar.
Tenemos que exigir.
Tenemos que criticar a nuestros gobiernos.
Tenemos que criticar a la oposición.
Tenemos que denunciar la corrupción.
Tenemos que defender nuestras ideas.
Pero tenemos que hacerlo sin convertir al contrario en un enemigo al que hay que eliminar.
Porque yo sé dónde puede llevar el odio.
Quizá vosotros y vosotras todavía no.
Y por eso os lo cuento.
Cuando una sociedad empieza a dividirse entre “nosotros” y “ellos”, hay que tener cuidado.
Cuando empezamos a pensar que el otro grupo es culpable de todos nuestros problemas, hay que tener cuidado.
Cuando dejamos de escuchar porque creemos que el otro no merece ser escuchado, hay que tener cuidado.
Cuando alguien empieza a decir que solamente él representa a la verdadera España, hay que tener cuidado.
Cuando alguien dice que quienes piensan diferente son traidores, enemigos o personas que sobran, hay que tener mucho cuidado.
Porque así comienza la deshumanización.
Y la historia nos ha demostrado que la deshumanización puede acabar en cosas terribles.

PERO QUIERO DEJAR ALGO MUY CLARO:
No estamos viviendo otra Guerra Civil.
No quiero que confundáis mi miedo con esa afirmación.
Hoy vivimos en una democracia.
Tenemos elecciones.
Tenemos instituciones.
Tenemos derechos.
Tenemos libertad de expresión.
Tenemos una Constitución.
Tenemos tribunales.
Podemos votar y cambiar nuestros gobiernos.
Eso es una diferencia enorme respecto a la España de Franco.
Pero precisamente porque tenemos democracia debemos cuidarla.
No tenemos que esperar a perder la libertad para empezar a valorarla.
Yo tengo miedo de volver al silencio.
Y aquí quiero que me entendáis bien.
Cuando digo que tengo miedo no estoy diciendo que mañana vaya a volver una dictadura.
No estoy diciendo eso.
Estoy diciendo que, como mujer, conozco demasiado bien la historia de quienes tuvieron que callar.
Y no quiero que ninguna generación vuelva a pensar que callarse es el precio de vivir tranquila.
Yo he vuelto a sentir miedo.
Miedo a que determinadas ideas que creíamos superadas vuelvan a ganar fuerza.
Miedo a que alguien diga que las mujeres somos unas exageradas.
Miedo a que se niegue la violencia que sufrimos.
Miedo a que se nos diga que todo lo que hemos conseguido es innecesario.
Miedo a que se vuelva a considerar normal que una mujer tenga que obedecer.
Miedo a que nos acostumbremos otra vez a callar.
Y quizá algunos penséis que ese miedo es exagerado.
Puede ser.
O quizá sea simplemente la memoria de alguien que sabe que los derechos pueden costar mucho tiempo en conseguirse y muy poco tiempo en empezar a perderse.
Por eso os pido que aprendáis
Aprended la historia.
Toda.
La que os guste y la que no.
La que haga sentir orgullosos a vuestros abuelos y abuelas y la que les haga llorar.
Aprended lo que hicieron los vencedores.
Aprended lo que sufrieron los vencidos.
Aprended los errores de unos y de otros.
Aprended qué fue el franquismo.
Aprended qué fue la Guerra Civil.
Aprended qué fue ETA.
Aprended qué sufrieron sus víctimas.
Aprended también los abusos cometidos desde el Estado.
Aprended cómo llegó la democracia.
Y aprended cómo se consiguieron los derechos de las mujeres.
No para vivir enfadados con el pasado.
Sino para no repetirlo.
Porque la memoria no es odio
Recordar a una persona asesinada no significa odiar.
Recordar a alguien encarcelado injustamente no significa odiar.
Recordar a una mujer que sufrió violencia no significa odiar a los hombres.
Recordar una dictadura no significa odiar a quienes pensaban diferente.
Recordar a una víctima de ETA no significa odiar al pueblo vasco.
Recordar a las víctimas del franquismo no significa odiar a todos los que apoyaron a Franco.
Recordar significa reconocer que esas personas existieron y que lo que les ocurrió importó.
Y quiero que hagáis algo que quizá sea más difícil que odiar:
Quiero que aprendáis a convivir.
Quiero que podáis tener un amigo que vote distinto.
Quiero que podáis enamoraros de alguien que piense diferente.
Quiero que podáis trabajar con alguien que tenga otras ideas.
Quiero que podáis discutir con respeto.
Quiero que aprendáis a decir:
“Estoy completamente en desacuerdo contigo, pero respeto que tengas derecho a pensarlo.”
Eso es democracia.
Si algún día perdemos eso, empezaremos a perder mucho más;
Porque la democracia no desaparece siempre de golpe.
A veces empieza a debilitarse poco a poco.
Cuando dejamos de confiar en cualquiera que piense diferente.
Cuando justificamos la violencia porque la comete alguien de nuestro lado.
Cuando aceptamos las mentiras porque confirman lo que queremos creer.
Cuando dejamos de escuchar.
Cuando creemos que nuestra ideología está por encima de las personas.
Cuando pensamos que para salvar nuestro país tenemos que destruir al vecino.
Ahí es donde tenemos que parar.

YO NO QUIERO DEJAROS UNA ESPAÑA ENFRENTADA
Yo no quiero dejaros una España enfrentada
Quiero dejaros una España donde podáis discutir sin odiaros.
Una España donde una mujer pueda caminar libre.
Una España donde un hombre pueda expresar sus sentimientos sin que nadie le diga que eso le hace menos hombre.
Una España donde nadie tenga que esconder su ideología por miedo.
Una España donde nadie sea perseguido por pensar diferente.
Una España donde los gobiernos puedan cambiar sin golpes de Estado.
Una España donde los problemas políticos se solucionen con palabras y votos, no con pistolas ni bombas.
Una España donde nadie tenga que volver a preguntar:
“¿De qué lado estás?”
Porque la pregunta importante debería ser:
“¿Cómo podemos vivir juntos?”
Y si algún día me veis preocupada…
Si algún día me veis enfadada cuando escucho determinadas cosas.
Si algún día me veis defender con fuerza los derechos de las mujeres.
Si algún día me veis hablar de Franco, de la Guerra Civil o de ETA.
Si algún día me veis decir que tengo miedo.
No penséis que quiero volver al pasado.
Es exactamente al contrario.
Hablo del pasado porque quiero proteger vuestro futuro.
Yo no quiero que mis nietas tengan que luchar dentro de cincuenta años por derechos que hoy consideramos normales.
No quiero que mis nietos tengan que aprender lo que significa vivir con miedo.
No quiero que ninguna familia tenga que volver a enterrar a sus hijos e hijas por una guerra política.
No quiero que ninguna persona tenga que callarse por miedo.
No quiero que nadie vuelva a matar en nombre de una bandera, una religión, una ideología o una nación.
Y esta es la última cosa que quiero deciros:

QUIZÁ YO NO PUEDA CAMBIAR EL MUNDO
Quizá vosotr@s tampoco.
Pero cada generación tiene una responsabilidad.
La mía fue sobrevivir, aprender y recordar.
La vuestra será no olvidar y no repetir.
Recordad que hubo una época en la que muchas personas no podían elegir libremente.
Recordad que hubo una guerra.
Recordad que hubo una dictadura.
Recordad que hubo terrorismo
Recordad que hubo víctimas.
Recordad que hubo mujeres a las que se les negó autonomía.
Recordad que hubo personas que tuvieron que callar.
Y recordad también que después de todo aquello conseguimos construir una democracia.
Por eso, cuando veáis odio, no lo alimentéis.
Cuando veáis una injusticia, no miréis hacia otro lado.
Cuando alguien diga que una mujer exagera cuando habla de violencia, escuchad antes de juzgar.
Cuando alguien os diga que el que piensa diferente es vuestro enemigo, preguntad por qué.
Y cuando alguien os diga que para salvar España hay que enfrentarse a los españoles, desconfiad.
Porque España no se salva odiándonos.
España se salva aprendiendo a convivir.
Y yo, como abuela y como mujer, solamente quiero una cosa:
que vosotros podáis vivir libres.
Libres para pensar.
Libres para amar.
Libres para votar.
Libres para trabajar.
Libres para protestar.
Libres para equivocaros.
Libres para cambiar de opinión.
Y, sobre todo, libres para no tener miedo.
Porque después de todo lo que hemos vivido, después de todo lo que costó conseguirlo…
lo mínimo que podemos hacer es no dejar que nadie nos vuelva a quitar la libertad.
Lola Vera es sevillana, feminista, presidenta de la «Asociación Mujeres las Trece Rosas por la Paz» y miembro del Consejo Municipal de la Mujer de Sevilla.
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